REABRO EL BLOG
Una buena amiga me ha aconsejado que reabra el blog, me dice que lleva muy poco tiempo y me anima a seguir.
En estas semanas de ausencia han pasado muchas cosas en el mundo que la prensa mete en nuestro cuarto de estar a la peor hora: la de la comida. Incendios, secuestros, muertes violentas, accidentes, guerra... El mal sigue campando, como siempre. El gran mal y ese pequeño mal que nos acecha: el intento de atraco que acaba de sufrir Dani, su brazo roto; los malos entendidos; el trabajo acumulado; los ruidos del vecindario que sigue con la tele a todo volumen y la ventana abierta; el calor insoportable de las noches a la espera del aire acondicionado sin trampas; los insomnios; las cosas hechas a medias, las no hechas, las llamadas por hacer... Luego está el bien: los buenos ratos con la buena amiga, A. que se ofrece a adelantar su vuelta porque me nota la voz cansada, la comida con los dos hijos y la macedonia de frutas natural, el mar y la luz de Alicante (eso es lo mejor de la ciudad; lo peor: las aceras cubiertas de chicle fosilizado y caca canina, las personas que no contestan los emails, el agobio del gentío que pasa sin mirar ni mirarse, el no poder ya caminar por la noche tranquilamente, como antaño...).
Una peli: "Cuatro minutos". ¿Por qué nos gusta? Porque triunfa el bien y el sentido común, porque tras el sufrimiento llega el logro. Aunque el final sea abierto, es fácil imaginar cómo puede continuar la historia...
Un libro: "El manifiesto de las clases medias", de Enrique de Diego. Pelín hiperbólico, pero no hay más remedio que exagerar un poco (eso es retórica) para que llegue el mensaje.
Una decepción: Ciutadans. Y el otro partido que no sabe, no contesta.
Un trabajo pendiente: mi libro de memorias.
Un trabajo en curso de realización: mis biografías por encargo.
Una recomendación para los que visiten la Comunitat Valenciana: beber horchata y agua de cebada, pero solo en sitios de probada calidad (no tiene nada que ver un sitio con otro, no hay que fiarse de los instalados en buenos lugares o con lujo, la diferencia es abismal entre lo artesano y lo industrial, lo de calidad extra y lo ramplón. No hablemos de la horchata de botella cobrada más cara que la hecha a mano (sí, la sirven en cierto "pub" extremo de la Explanada, donde también la hay hecha a mano y superbuena -recomiendo La Jijonenca y también La Ibense y la Horchatería Azul-). Ojo, turistas...
lunes, 6 de agosto de 2007
domingo, 5 de agosto de 2007
REABRO EL BLOG
Una buena amiga me ha aconsejado que reabra el blog, me dice que lleva muy poco tiempo y me anima a seguir.
En estas semanas de ausencia han pasado muchas cosas en el mundo que la prensa mete en nuestro cuarto de estar a la peor hora: la de la comida. Incendios, secuestros, muertes violentas, accidentes, guerra... El mal sigue campando, como siempre. El gran mal y ese pequeño mal que nos acecha: el intento de atraco que acaba de sufrir Dani, su brazo roto; los malos entendidos; el trabajo acumulado; los ruidos del vecindario que sigue con la tele a todo volumen y la ventana abierta; el calor insoportable de las noches a la espera del aire acondicionado sin trampas; los insomnios; las cosas hechas a medias, las no hechas, las llamadas por hacer... Luego está el bien: la buena amiga, A. que se ofrece a adelantar su vuelta porque me nota la voz cansada, la comida con los dos hijos y la macedonia de frutas natural, el mar y la luz de Alicante (eso es lo mejor de la ciudad; lo peor: las aceras cubiertas de chicle fosilizado y caca canina, las personas que no contestan los emails, el agobio del gentío que pasa sin mirar ni mirarse, el no poder ya caminar por la noche tranquilamente, como antaño...).
Una peli: "Cuatro minutos". ¿Por qué nos gusta? Porque triunfa el bien y el sentido común, porque tras el sufrimiento llega el logro. Aunque el final sea abierto, es fácil imaginar cómo puede continuar la historia...
Un libro: "El manifiesto de las clases medias", de Enrique de Diego. Pelín hiperbólico, pero no hay más remedio que exagerar un poco (eso es retórica) para que llegue el mensaje.
Una decepción: Ciutadans. Y el otro partido que no sabe, no contesta.
Un trabajo pendiente: mi libro de memorias.
Un trabajo en curso de realización: mis biografías por encargo.
Una recomendación para los que visiten la Comunitat Valenciana: beber horchata y agua de cebada, pero solo en sitios de probada calidad (no tiene nada que ver un sitio con otro, no hay que fiarse de los instalados en buenos lugares o con lujo, la diferencia es abismal entre lo artesano y lo industrial, lo de calidad extra y lo ramplón. No hablemos de la horchata de botella cobrada más cara que la hecha a mano (sí, la sirven en cierto "pub" extremo de la Explanada, donde también la hay hecha a mano y superbuena -recomiendo La Jijonenca-). Ojo, turistas...
Una buena amiga me ha aconsejado que reabra el blog, me dice que lleva muy poco tiempo y me anima a seguir.
En estas semanas de ausencia han pasado muchas cosas en el mundo que la prensa mete en nuestro cuarto de estar a la peor hora: la de la comida. Incendios, secuestros, muertes violentas, accidentes, guerra... El mal sigue campando, como siempre. El gran mal y ese pequeño mal que nos acecha: el intento de atraco que acaba de sufrir Dani, su brazo roto; los malos entendidos; el trabajo acumulado; los ruidos del vecindario que sigue con la tele a todo volumen y la ventana abierta; el calor insoportable de las noches a la espera del aire acondicionado sin trampas; los insomnios; las cosas hechas a medias, las no hechas, las llamadas por hacer... Luego está el bien: la buena amiga, A. que se ofrece a adelantar su vuelta porque me nota la voz cansada, la comida con los dos hijos y la macedonia de frutas natural, el mar y la luz de Alicante (eso es lo mejor de la ciudad; lo peor: las aceras cubiertas de chicle fosilizado y caca canina, las personas que no contestan los emails, el agobio del gentío que pasa sin mirar ni mirarse, el no poder ya caminar por la noche tranquilamente, como antaño...).
Una peli: "Cuatro minutos". ¿Por qué nos gusta? Porque triunfa el bien y el sentido común, porque tras el sufrimiento llega el logro. Aunque el final sea abierto, es fácil imaginar cómo puede continuar la historia...
Un libro: "El manifiesto de las clases medias", de Enrique de Diego. Pelín hiperbólico, pero no hay más remedio que exagerar un poco (eso es retórica) para que llegue el mensaje.
Una decepción: Ciutadans. Y el otro partido que no sabe, no contesta.
Un trabajo pendiente: mi libro de memorias.
Un trabajo en curso de realización: mis biografías por encargo.
Una recomendación para los que visiten la Comunitat Valenciana: beber horchata y agua de cebada, pero solo en sitios de probada calidad (no tiene nada que ver un sitio con otro, no hay que fiarse de los instalados en buenos lugares o con lujo, la diferencia es abismal entre lo artesano y lo industrial, lo de calidad extra y lo ramplón. No hablemos de la horchata de botella cobrada más cara que la hecha a mano (sí, la sirven en cierto "pub" extremo de la Explanada, donde también la hay hecha a mano y superbuena -recomiendo La Jijonenca-). Ojo, turistas...
lunes, 25 de junio de 2007
CIERRO EL BLOG
Después de cuatro entradas sin ningún comentario, creo que debo cerrar este blog. A decir verdad, tengo muchas más formas de comunicarme y muchos escritos pendientes: la historia familiar sobre la que pesa la amenaza de uno de mis hermanos si me atrevo a publicarla, los textos que me ha encargado una editorial que trabaja material de español para extranjeros... y otras cosas a medio fabricar o en trance de ver la luz impresa.
Se lo cuento a mi hijo menor, que me acaba de telefonear, y me dice que él me lee aunque no ponga comentarios. Ya sé que eso es así y que él no es el único que me lee "en silencio". Lo que pasa es que considero que el sentido del blog es el intercambio y, si este no se produce, pues a otra cosa.
Quizá dentro de un tiempo lo recupere. Por el momento, se acabaron las críticas de películas, las quejas sobre la telebasura, la mala educación y la hipocresía moral, los mínimos diarios intrahistóricos. Un abrazo a todos los que me habéis leído: espero que sigáis leyéndome en mis libros.
Después de cuatro entradas sin ningún comentario, creo que debo cerrar este blog. A decir verdad, tengo muchas más formas de comunicarme y muchos escritos pendientes: la historia familiar sobre la que pesa la amenaza de uno de mis hermanos si me atrevo a publicarla, los textos que me ha encargado una editorial que trabaja material de español para extranjeros... y otras cosas a medio fabricar o en trance de ver la luz impresa.
Se lo cuento a mi hijo menor, que me acaba de telefonear, y me dice que él me lee aunque no ponga comentarios. Ya sé que eso es así y que él no es el único que me lee "en silencio". Lo que pasa es que considero que el sentido del blog es el intercambio y, si este no se produce, pues a otra cosa.
Quizá dentro de un tiempo lo recupere. Por el momento, se acabaron las críticas de películas, las quejas sobre la telebasura, la mala educación y la hipocresía moral, los mínimos diarios intrahistóricos. Un abrazo a todos los que me habéis leído: espero que sigáis leyéndome en mis libros.
miércoles, 13 de junio de 2007
YO TAMBIÉN PUDE SER BANAZ.
Una noticia que me ha impactado y me ha herido de modo particular. Qué habría sido de mí si hubiera vivido unos kilómetros más al sur o unos años más atrás en el tiempo. Probablemente, me habría ocurrido lo que a Banaz.
Banaz es esa mujer que ha sido asesinada por su parentela masculina por osar enamorarse sin permiso. Yo hice lo mismo (enamorarme sin permiso de la familia) y mis dos hermanos varones, aunque no me mataron físicamente, sí acabaron conmigo emocionalmente, hasta el punto de destrozar todo el cariño que sentía por ellos, hasta el punto de despojarme de lo que me correspondía, de borrarme del libro de familia para que mi nombre no figurase como copropietaria de bienes familiares, como era de justicia (pero ya Federico dijo: "no compartiré nada contigo"). Nunca olvidaré mientras viva sus miradas de desprecio, sus hoscos silencios, sus insidias, sus burlas, sus insultos, sus exabruptos, ese ningunearme, ese aprovecharse de mí, la brutalidad de uno y la hipocresía de otro (sigo encontrando peor lo segundo que lo primero). Todo esto me viene a la cabeza cuando leo sobre ese crimen horrendo de una mujer joven, hermosa, fuerte, inteligente, al que unos varones probablemente mucho más limitados que ella en lo intelectual y en lo emocional, han asesinado sin piedad por el puto "honor", ese invento miserable con el que encubrir lo que puede ser fanatismo cerril, vanidad estúpida, codicia interesada. En eso consiste el "honor" tal como esa gentuza lo entiende. Ya decía Quevedo dónde estaba la honra... No voy a repetirlo para no pecar de soez.
Acabemos bien. Hoy he resuelto un problema dialogando sin rencor y sin ira. Esto me hace sentir bien. Claro que el mérito no es solo mío: también, al 50%, de la receptividad de la otra persona. No se puede dialogar con todo el mundo, doy fe de ello. Pero qué alegría más grande cuando sí se puede.
Una noticia que me ha impactado y me ha herido de modo particular. Qué habría sido de mí si hubiera vivido unos kilómetros más al sur o unos años más atrás en el tiempo. Probablemente, me habría ocurrido lo que a Banaz.
Banaz es esa mujer que ha sido asesinada por su parentela masculina por osar enamorarse sin permiso. Yo hice lo mismo (enamorarme sin permiso de la familia) y mis dos hermanos varones, aunque no me mataron físicamente, sí acabaron conmigo emocionalmente, hasta el punto de destrozar todo el cariño que sentía por ellos, hasta el punto de despojarme de lo que me correspondía, de borrarme del libro de familia para que mi nombre no figurase como copropietaria de bienes familiares, como era de justicia (pero ya Federico dijo: "no compartiré nada contigo"). Nunca olvidaré mientras viva sus miradas de desprecio, sus hoscos silencios, sus insidias, sus burlas, sus insultos, sus exabruptos, ese ningunearme, ese aprovecharse de mí, la brutalidad de uno y la hipocresía de otro (sigo encontrando peor lo segundo que lo primero). Todo esto me viene a la cabeza cuando leo sobre ese crimen horrendo de una mujer joven, hermosa, fuerte, inteligente, al que unos varones probablemente mucho más limitados que ella en lo intelectual y en lo emocional, han asesinado sin piedad por el puto "honor", ese invento miserable con el que encubrir lo que puede ser fanatismo cerril, vanidad estúpida, codicia interesada. En eso consiste el "honor" tal como esa gentuza lo entiende. Ya decía Quevedo dónde estaba la honra... No voy a repetirlo para no pecar de soez.
Acabemos bien. Hoy he resuelto un problema dialogando sin rencor y sin ira. Esto me hace sentir bien. Claro que el mérito no es solo mío: también, al 50%, de la receptividad de la otra persona. No se puede dialogar con todo el mundo, doy fe de ello. Pero qué alegría más grande cuando sí se puede.
jueves, 7 de junio de 2007
AYER ME COMUNICARON QUE ME HAN CONCEDIDO UN PREMIO LITERARIO, el XVIII de Relato del IES Ategua de Castro del Río (Córdoba). Estuve allí no hace mucho en recorrido de promoción lectora con mi buena amiga Mª A. de Edelvives. Castro del Río es el pueblo donde nació mi abuelo materno, Federico, el juez. Yo no lo conocía, así que aproveché para recorrerlo. Llovía a cántaros, pero gracias a M., una simpática profesora del lugar, recorrimos las calles y las plazas y hasta nos metimos en alguna casa de esas construidas con la argamasa del tiempo y el buen gusto, que tenía una vista espectacular sobre el valle. La bibliotecaria del lugar tuvo la amabilidad de enviarme, pocos días después, un email con reproducción del folio donde constaban los nombres de mis bisabuelos y sus hijos, dando fe de que efectivamente allí vivieron.
Mientras visitaba el pueblo en el que Cervantes estuvo preso en una de sus andanzas (él es mi santo patrón en eso de convertir en materia literaria lo malo y lo bueno que nos pasa) vi las bases de un concurso literario local. Estaba a punto de acabar el plazo para la admisión de trabajos y yo prometí, muy espontáneamente, que participaría. Era bajo seudónimo, con lo cual se garantizaba la limpieza, pero además M. (que ha formado parte del jurado) me ha dicho que no reconoció mi estilo en ningún momento, porque ella solo me había leído en mis novelas infantiles-juveniles. Este premio me permite volver al pueblo de mi abuelo, donde no tengo parientes, pues la familia era trashumante en razón de su oficio (funcionarios en permanente situación de traslado); me alegra ir con mi hijo mayor, que prometió acudir a acompañarme si me daban premio. Parece que ciertos círculos se cierran...
La obra premiada se titula "Aprendiendo a ser mayor". Curiosamente se la debo a la peor persona que se ha cruzado conmigo por la vida, mi hermano menor F. Es una coincidencia que en mi última entrada hablara de temas familiares. Una de las virtudes de la literatura consiste en que, mediante la magia de la ficción, se puede transmutar y conjurar el mal, convirtiéndolo en materia literaria. Una carta moralmente repugnante que recibí de F. inspiró la escritura de este relato. La carta la he trascrito tal cual, añadiendo solamente una frase imprescindible para el hilo argumental de mi relato. Quede claro que la acción es ficticia, pero los sentimientos y emociones (y ciertas descripciones y diálogos) son absolutamente autobiográficos.
Ayer tarde tuve la satisfacción de reencontrarme con una antigua compañera de colegio que sé que me lee en este blog y que me comentó que, por razones distintas a las mías, ella comprendía perfectamente lo que yo escribía acerca de la familia. Me alegra encontrar complicidad en mis lectores.
Os contaré la fiesta en Castro del Río en una próxima entrada. Entretanto, que el mal pase sin veros ni tocaros, que el bien se detenga y os acompañe.
Mientras visitaba el pueblo en el que Cervantes estuvo preso en una de sus andanzas (él es mi santo patrón en eso de convertir en materia literaria lo malo y lo bueno que nos pasa) vi las bases de un concurso literario local. Estaba a punto de acabar el plazo para la admisión de trabajos y yo prometí, muy espontáneamente, que participaría. Era bajo seudónimo, con lo cual se garantizaba la limpieza, pero además M. (que ha formado parte del jurado) me ha dicho que no reconoció mi estilo en ningún momento, porque ella solo me había leído en mis novelas infantiles-juveniles. Este premio me permite volver al pueblo de mi abuelo, donde no tengo parientes, pues la familia era trashumante en razón de su oficio (funcionarios en permanente situación de traslado); me alegra ir con mi hijo mayor, que prometió acudir a acompañarme si me daban premio. Parece que ciertos círculos se cierran...
La obra premiada se titula "Aprendiendo a ser mayor". Curiosamente se la debo a la peor persona que se ha cruzado conmigo por la vida, mi hermano menor F. Es una coincidencia que en mi última entrada hablara de temas familiares. Una de las virtudes de la literatura consiste en que, mediante la magia de la ficción, se puede transmutar y conjurar el mal, convirtiéndolo en materia literaria. Una carta moralmente repugnante que recibí de F. inspiró la escritura de este relato. La carta la he trascrito tal cual, añadiendo solamente una frase imprescindible para el hilo argumental de mi relato. Quede claro que la acción es ficticia, pero los sentimientos y emociones (y ciertas descripciones y diálogos) son absolutamente autobiográficos.
Ayer tarde tuve la satisfacción de reencontrarme con una antigua compañera de colegio que sé que me lee en este blog y que me comentó que, por razones distintas a las mías, ella comprendía perfectamente lo que yo escribía acerca de la familia. Me alegra encontrar complicidad en mis lectores.
Os contaré la fiesta en Castro del Río en una próxima entrada. Entretanto, que el mal pase sin veros ni tocaros, que el bien se detenga y os acompañe.
martes, 5 de junio de 2007
NO QUIERO SER ENIGMÁTICA, voy a ser directa. Hay gente que hace daño, a veces para beneficiarse, lo cual puede llegar a disculparse; otras, solo por hacer daño, sin más placer que producir mal a otro, lo cual me parece imperdonable: es una enfermedad moral de la que se habla poco, una especie de sadismo infinitamente más peligroso que la perversión sexual a que se suele referir ese nombre. La maldad existe en todas partes -en el trabajo, en el vecindario, en la familia, en la vida social- y la única defensa que he encontrado frente a ella ha sido la huida y la renuncia. El poder del mal me excede, me coge siempre indefensa, con la reacción tardía, con la incredulidad del "no es posible que esto me esté pasando", con la tristeza de la impotencia. Solo me queda contarlo, denunciarlo, casi siempre en vano. He denunciado situaciones injustas que ni siquiera iban contra mí, sino contra otras personas, y no he recibido respuesta. Hay gente que, siendo buena, y pudiendo actuar, prefiere no complicarse la vida y por eso el mal campa por todas partes como un torrente de lava maligna, contaminándolo todo. Sobrevivimos en esas pequeñas islas de bien que son la amistad, la consolación filosófica, la comunicación, los pequeños placeres de la vida que nos distraen y nos dan fuerzas para seguir, para no rendirnos.
En este mundo, el mal parece más fuerte que el bien. Por eso hay quien cree que tiene que existir otro mundo mejor donde todo se ponga en su sitio: la "sanción" kantiana. "Los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz", me dijo una vez un sacerdote aludiendo al comportamiento de mis dos hermanos varones, que tantísimo me han perjudicado.
Si me roban o me estafan o me engañan para lucrarse, como ya me ha ocurrido en varias ocasiones, mal está, pero acabo perdonándolo. Lo que no puedo perdonar, lo que creo merece un juicio que, lamentablemente, no se da en este planeta, donde la "justicia poética" es solo literatura, lo que no perdonaré nunca es ese mal que se ejerce sin provecho alguno, solo para hurgar donde más duele, solo para arrebatarle a alguien lo que ama. He tenido la inmensa desgracia de que también me haya ocurrido esto. Como no sé si me dará tiempo a contarlo despacio, lo cuelgo en el blog para que se sepa por qué no me relaciono con mis hermanos ni, en consecuencia no deseada, con sus familias: porque ellos me han maltratado durante largos años como nadie en este mundo, porque me han robado lo más íntimo y mío en bienes y en derechos con una crueldad innecesaria, que ha horrorizado a cuantos conocen la historia. Porque han sido radicalmente injustos con quien merecía lo mismo que ellos y no lo ha tenido, espantosamente ingratos con quien se lo dio todo cuando lo necesitaron. Dicho queda. Como prometí, no me iré sin decirlo.
En este mundo, el mal parece más fuerte que el bien. Por eso hay quien cree que tiene que existir otro mundo mejor donde todo se ponga en su sitio: la "sanción" kantiana. "Los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz", me dijo una vez un sacerdote aludiendo al comportamiento de mis dos hermanos varones, que tantísimo me han perjudicado.
Si me roban o me estafan o me engañan para lucrarse, como ya me ha ocurrido en varias ocasiones, mal está, pero acabo perdonándolo. Lo que no puedo perdonar, lo que creo merece un juicio que, lamentablemente, no se da en este planeta, donde la "justicia poética" es solo literatura, lo que no perdonaré nunca es ese mal que se ejerce sin provecho alguno, solo para hurgar donde más duele, solo para arrebatarle a alguien lo que ama. He tenido la inmensa desgracia de que también me haya ocurrido esto. Como no sé si me dará tiempo a contarlo despacio, lo cuelgo en el blog para que se sepa por qué no me relaciono con mis hermanos ni, en consecuencia no deseada, con sus familias: porque ellos me han maltratado durante largos años como nadie en este mundo, porque me han robado lo más íntimo y mío en bienes y en derechos con una crueldad innecesaria, que ha horrorizado a cuantos conocen la historia. Porque han sido radicalmente injustos con quien merecía lo mismo que ellos y no lo ha tenido, espantosamente ingratos con quien se lo dio todo cuando lo necesitaron. Dicho queda. Como prometí, no me iré sin decirlo.
martes, 29 de mayo de 2007
HOLA, QUERIDOS BLOGEROS
Empezaré por deciros que mis asuntos médicos van por buen camino. Hoy he iniciado el tratamiento, tras el repaso que me hizo ayer un osteópata que me colocó todos los huesos en su sitio. ¡Es una experiencia que vale la pena vivir, al menos una vez en la vida! Ahora puedo mover el cuello como cuando era niña... En fin, que hay que cuidarse. Lamentablemente, el dolorcillo aparece de vez en cuando para recordarme que solo llevo un día de tratamiento y no tengo aún que echar las campanas al vuelo.
Estos días estoy escribiendo biografías de grandes personajes españoles por encargo de una editorial que publica libros de español para extranjeros. Me gusta mucho hacerlo, pero me canso físicamente y debo realizar más pausas que hace unos años... Así es la vida, así que, jóvenes, carpe diem, etc. (creo que esto ya os lo dije en otra entrada).
Mi trabajo consiste en contar las vidas de estas figuras heroicas de forma novelada, con las palabras más elementales y la sintaxis más simple, pero manteniendo el respeto y la grandeza que merecen. Es un reto, no resulta siempre fácil, se puede confundir facilidad con banalidad, pero yo lo hago con todas mis fuerzas y mi mejor voluntad, y ya el editor corregirá lo que deba ser corregido.
A veces, en las pausas, mientras hago gimnasia o tomo algo o realizo cualquier actividad no intelectual, enciendo la tele y pillo, una vez más (son omnipresentes por las tardes) los programas de vísceras que ya he criticado en entradas anteriores. ¡Qué contraste entre unas vidas y otras! Las de la pantalla de mi ordenador y las de la pantalla del televisor... En muchas de estas últimas, ¡qué falta de moral y de decencia, términos que parecen anticuados, pero que yo reivindico cada día más! Y ya sabéis que, cuando hablo, de decencia, no nos confundamos, no me refiero a temas sexuales, que, la mayoría, para mí, están fuera de calificación moral; me refiero al engaño, la mentira, la codicia, el insulto...
Hoy, una periodista, M.P., ha contado cómo un tal J.M. la telefoneó años ha para pedirle que, por favor, no divulgara su relación extramarital con una famosa I.P. La periodista le prometió guardar silencio y, en cuanto acabó la llamada, hizo pública la "noticia"; para rematar, llamó a la esposa humillada e intentó contársela, pero la esposa no quiso escucharla y bien que hizo. Pues bueno, esta periodista que miente y engaña divulgando un tema privado tras haber prometido que no lo haría, cuenta su inmoral actuación muerta de risa y entre sonoros aplausos. Al parecer, a la gente que va a los platós la drogan o la hipnotizan para que ría y aplauda oiga lo que oiga, o yo soy una retrógrada que aún creo en la palabra y los principios, o esta sociedad que adora el becerro de oro y la banalidad tiene que despertar y reeducarse... En eso estamos.
Empezaré por deciros que mis asuntos médicos van por buen camino. Hoy he iniciado el tratamiento, tras el repaso que me hizo ayer un osteópata que me colocó todos los huesos en su sitio. ¡Es una experiencia que vale la pena vivir, al menos una vez en la vida! Ahora puedo mover el cuello como cuando era niña... En fin, que hay que cuidarse. Lamentablemente, el dolorcillo aparece de vez en cuando para recordarme que solo llevo un día de tratamiento y no tengo aún que echar las campanas al vuelo.
Estos días estoy escribiendo biografías de grandes personajes españoles por encargo de una editorial que publica libros de español para extranjeros. Me gusta mucho hacerlo, pero me canso físicamente y debo realizar más pausas que hace unos años... Así es la vida, así que, jóvenes, carpe diem, etc. (creo que esto ya os lo dije en otra entrada).
Mi trabajo consiste en contar las vidas de estas figuras heroicas de forma novelada, con las palabras más elementales y la sintaxis más simple, pero manteniendo el respeto y la grandeza que merecen. Es un reto, no resulta siempre fácil, se puede confundir facilidad con banalidad, pero yo lo hago con todas mis fuerzas y mi mejor voluntad, y ya el editor corregirá lo que deba ser corregido.
A veces, en las pausas, mientras hago gimnasia o tomo algo o realizo cualquier actividad no intelectual, enciendo la tele y pillo, una vez más (son omnipresentes por las tardes) los programas de vísceras que ya he criticado en entradas anteriores. ¡Qué contraste entre unas vidas y otras! Las de la pantalla de mi ordenador y las de la pantalla del televisor... En muchas de estas últimas, ¡qué falta de moral y de decencia, términos que parecen anticuados, pero que yo reivindico cada día más! Y ya sabéis que, cuando hablo, de decencia, no nos confundamos, no me refiero a temas sexuales, que, la mayoría, para mí, están fuera de calificación moral; me refiero al engaño, la mentira, la codicia, el insulto...
Hoy, una periodista, M.P., ha contado cómo un tal J.M. la telefoneó años ha para pedirle que, por favor, no divulgara su relación extramarital con una famosa I.P. La periodista le prometió guardar silencio y, en cuanto acabó la llamada, hizo pública la "noticia"; para rematar, llamó a la esposa humillada e intentó contársela, pero la esposa no quiso escucharla y bien que hizo. Pues bueno, esta periodista que miente y engaña divulgando un tema privado tras haber prometido que no lo haría, cuenta su inmoral actuación muerta de risa y entre sonoros aplausos. Al parecer, a la gente que va a los platós la drogan o la hipnotizan para que ría y aplauda oiga lo que oiga, o yo soy una retrógrada que aún creo en la palabra y los principios, o esta sociedad que adora el becerro de oro y la banalidad tiene que despertar y reeducarse... En eso estamos.
jueves, 24 de mayo de 2007
HOY ES MI CUMPLEAÑOS....
Como yo no tengo por qué esconder mi edad, que sepáis los que no lo sabéis aún que hoy cumplo 51 años; así pues, tengo un año menos que Ana Obregón, que es "cosecha del 55" (según han dicho hoy en la tele). Y la Bordiu tiene cincuenta y... bastante pico y hay que verla. O sea, que las cincuentonas estamos de moda (algunas más que otras, desde luego).
A mí cumplir años me sirve siempre para dos cosas: recordar (nostalgia incluida) y hacer balance (esperanza nunca perdida de lograr lo que aún no se ha conseguido). Los dos cumpleaños que mejor recuerdo son: el de los cinco años y el del los cincuenta. Tan diferentes y también tan coincidentes en algunas cosas. Hoy lo celebro como cuando era niña: con cuatro amigas, emparedados y una tarta. Mis hijos están los dos lejos de mí geográficamente. Me han llamado para felicitarme (ellos y un par de buenas amigas también ausentes).
Conclusión: jóvenes, "carpe diem"; maduros, más "carpe diem" todavía, que nos queda menos tiempo.
Otro día escribiré sobre el juego televisivo del español más valorado de la historia. Gracias a los cielos, tras el rey (o sea, la democracia, las libertades, el hoy) aparecen Cervantes y Colón. Un tipo que escribió la novela de su vida cuando tenía mi actual edad y un "español" que no nació en España y que no paró hasta conseguir su sueño (justo ahora sigo escribiendo sobre él por encargo). Esta elección sube un punto mi confianza en mis compatriotas. Por hoy vale.
Como yo no tengo por qué esconder mi edad, que sepáis los que no lo sabéis aún que hoy cumplo 51 años; así pues, tengo un año menos que Ana Obregón, que es "cosecha del 55" (según han dicho hoy en la tele). Y la Bordiu tiene cincuenta y... bastante pico y hay que verla. O sea, que las cincuentonas estamos de moda (algunas más que otras, desde luego).
A mí cumplir años me sirve siempre para dos cosas: recordar (nostalgia incluida) y hacer balance (esperanza nunca perdida de lograr lo que aún no se ha conseguido). Los dos cumpleaños que mejor recuerdo son: el de los cinco años y el del los cincuenta. Tan diferentes y también tan coincidentes en algunas cosas. Hoy lo celebro como cuando era niña: con cuatro amigas, emparedados y una tarta. Mis hijos están los dos lejos de mí geográficamente. Me han llamado para felicitarme (ellos y un par de buenas amigas también ausentes).
Conclusión: jóvenes, "carpe diem"; maduros, más "carpe diem" todavía, que nos queda menos tiempo.
Otro día escribiré sobre el juego televisivo del español más valorado de la historia. Gracias a los cielos, tras el rey (o sea, la democracia, las libertades, el hoy) aparecen Cervantes y Colón. Un tipo que escribió la novela de su vida cuando tenía mi actual edad y un "español" que no nació en España y que no paró hasta conseguir su sueño (justo ahora sigo escribiendo sobre él por encargo). Esta elección sube un punto mi confianza en mis compatriotas. Por hoy vale.
viernes, 18 de mayo de 2007
ACTUALIZO...
Sin muchos ánimos. No sé cuánta ni qué gente me lee, ¿solo el reducido círculo de las amistades y conocidos o llego a los anónimos? ¿Interesan a alguien mis opiniones, desahogos y experiencias?
Imaginemos que sí. Prosigo.
Me acaban de confirmar que tengo la enfermedad de Paget. Miré en Wikipedia (gracias a todos los benévolos contribuyentes) y supe que es una enfermedad de los huesos no demasiado grave aunque molesta: a mí me dan latigazos de dolor imprevisibles y un cansancio anormal que me impide estar de pie mucho rato. Sería peor si afectara al cráneo; por suerte, en mi caso se trata de la cadera derecha, aquella en que, desde adolescente, se me clavaba la barra de la cama plegable en la que dormía... Pero dejemos esas y otras miserias para mi libro "No me iré sin decirlo", que hasta mi médico me ha dicho que lo expulse de una vez, que las cosas tienen que salir y que no basta contarlas en la intimidad a unas pocas, buenas y pacientes amigas. Así que, pese a la amenaza de denuncia (por parte de uno de mis hermanos) que pesa sobre mí si me atrevo a contar historias familiares, es posible que me decida a publicar este libro que llevo diez años fraguando... desde que la tragedia anunciada tuvo lugar al fin, en todo el esplendor de su barbarie.
¿Qué contar, si por culpa de la baja apenas salgo, como no sea al médico y la rehabilitación? Ni cine, ni excursiones, ni nada. Análisis médicos, algo de escritura y mucha vida doméstica y papeleos.
Como de costumbre, salir de casa es enfrentarse al prójimo, a un prójimo que, en muchos casos, actúa como si desconociera los más elementales principios de la convivencia: ceder el paso, no tirar nada al suelo, respetar el turno... Mi hijo mayor dice que me estoy volviendo neurótica con la edad; yo creo solo que tengo la piel más fina, que percibo con mayor nitidez la injusticia, el abuso, la estupidez, la grosería. También, a la contra, valoro y disfruto más la cordialidad, la generosidad, la cordura.
Hoy he tenido de todo.
Bueno:
-el señor que me ha dejado pasar delante de él en correos porque solo quería echar mi carta con prolongación de baja (él llevaba mucho más material).
-la sonrisa y afabilidad de la enfermera que me ha hecho el análisis de sangre.
-la señora desconocida, sentada a mi lado en la sala de espera, que me ha ayudado a ponerme la chaqueta con tanta espontaneidad.
Malo:
-la tipa ataviada con un traje pantalón vaquero (de tela bien fea, por cierto) que, a las 9´15 horas, calle Churruca arriba, no me ha dejado "adelantarla" ni por la derecha ni por la izquierda, y casi me atropella al cruzárseme para entrar en la oficina de la Seguridad Social...
-El médico que "cuela" a sus amistades sin considerar el número que llevan ni a los pacientes "pacientes" que respetan el turno.
-El tipo sesentón bien vestido que tira al suelo un papel hecho pedacitos antes de entrar en una tienda de Maisonnave, donde hay papeleras cada pocos metros.
Conclusión: La polémica "Educación para la ciudadanía" debería incluir Normas de Urbanidad y ser obligatoria para todos los ciudadanos en ese apartado, pues lo curioso es que son los mayores los que con más entusiasmo las incumplen. Al menos los jóvenes tendrían la excusa de que nadie se las ha enseñado...
Sin muchos ánimos. No sé cuánta ni qué gente me lee, ¿solo el reducido círculo de las amistades y conocidos o llego a los anónimos? ¿Interesan a alguien mis opiniones, desahogos y experiencias?
Imaginemos que sí. Prosigo.
Me acaban de confirmar que tengo la enfermedad de Paget. Miré en Wikipedia (gracias a todos los benévolos contribuyentes) y supe que es una enfermedad de los huesos no demasiado grave aunque molesta: a mí me dan latigazos de dolor imprevisibles y un cansancio anormal que me impide estar de pie mucho rato. Sería peor si afectara al cráneo; por suerte, en mi caso se trata de la cadera derecha, aquella en que, desde adolescente, se me clavaba la barra de la cama plegable en la que dormía... Pero dejemos esas y otras miserias para mi libro "No me iré sin decirlo", que hasta mi médico me ha dicho que lo expulse de una vez, que las cosas tienen que salir y que no basta contarlas en la intimidad a unas pocas, buenas y pacientes amigas. Así que, pese a la amenaza de denuncia (por parte de uno de mis hermanos) que pesa sobre mí si me atrevo a contar historias familiares, es posible que me decida a publicar este libro que llevo diez años fraguando... desde que la tragedia anunciada tuvo lugar al fin, en todo el esplendor de su barbarie.
¿Qué contar, si por culpa de la baja apenas salgo, como no sea al médico y la rehabilitación? Ni cine, ni excursiones, ni nada. Análisis médicos, algo de escritura y mucha vida doméstica y papeleos.
Como de costumbre, salir de casa es enfrentarse al prójimo, a un prójimo que, en muchos casos, actúa como si desconociera los más elementales principios de la convivencia: ceder el paso, no tirar nada al suelo, respetar el turno... Mi hijo mayor dice que me estoy volviendo neurótica con la edad; yo creo solo que tengo la piel más fina, que percibo con mayor nitidez la injusticia, el abuso, la estupidez, la grosería. También, a la contra, valoro y disfruto más la cordialidad, la generosidad, la cordura.
Hoy he tenido de todo.
Bueno:
-el señor que me ha dejado pasar delante de él en correos porque solo quería echar mi carta con prolongación de baja (él llevaba mucho más material).
-la sonrisa y afabilidad de la enfermera que me ha hecho el análisis de sangre.
-la señora desconocida, sentada a mi lado en la sala de espera, que me ha ayudado a ponerme la chaqueta con tanta espontaneidad.
Malo:
-la tipa ataviada con un traje pantalón vaquero (de tela bien fea, por cierto) que, a las 9´15 horas, calle Churruca arriba, no me ha dejado "adelantarla" ni por la derecha ni por la izquierda, y casi me atropella al cruzárseme para entrar en la oficina de la Seguridad Social...
-El médico que "cuela" a sus amistades sin considerar el número que llevan ni a los pacientes "pacientes" que respetan el turno.
-El tipo sesentón bien vestido que tira al suelo un papel hecho pedacitos antes de entrar en una tienda de Maisonnave, donde hay papeleras cada pocos metros.
Conclusión: La polémica "Educación para la ciudadanía" debería incluir Normas de Urbanidad y ser obligatoria para todos los ciudadanos en ese apartado, pues lo curioso es que son los mayores los que con más entusiasmo las incumplen. Al menos los jóvenes tendrían la excusa de que nadie se las ha enseñado...
domingo, 13 de mayo de 2007
ABUSO DE CONFIANZA
Ayer despedí para siempre a mi limpiadora, aunque no sé si ella se ha percatado todavía. Es (era) una chica búlgara que había venido a España a vivir mejor con su marido, sus hijos, su madre y no sé si más parientes. Bastaba verla para saber que se sentía feliz: su forma de vestir, de sonreír, de moverse lo demostraban. Sus hijos están bien escolarizados, en centros públicos donde se les ofrecen clases de apoyo, español para extranjeros, ayuda sicológica, etc. Hay una seguridad social magnífica que les cubre. Habitan un piso en las afueras muy digno. Ignoro en qué trabaja su marido. Ella y su madre limpian pisos por horas. Eso significa que cobran un dinero negro, que no declaran, y muchos pocos hacen un mucho. A mí me venía (hasta ayer) una vez por semana, y aunque habíamos acordado un día y una hora, el día y la hora cambiaban más a su conveniencia que a la nuestra. En mi casa trabajaba a su ritmo, y todo lo que hacía nos parecía bien: si no le daba tiempo de limpiar algo, se quedaba para otro día. Además de la paga semanal, yo le daba de vez en cuando unos caramelos para sus hijos, un libro para el que mejor sabía leer, un paraguas el día que llovía (que no me lo ha devuelto... ) Ella parecía tan agradable y responsable... Insistía en que podíamos dejarle la llave de casa y hacer nuestras cosas sin estar pendientes de ella. "No hay problema", repetía. No para ella, desde luego.
Ayer la dejé limpiando mi dormitorio mientras bajaba a cambiar dinero para pagarla. Había recogido apresuradamente los muchos chismes de toda clase que acumulo y la ropa a fin de que pudiera limpiar sin estorbos. Cuando se fue, entré para ver el resultado. A simple vista, la habitación estaba muy ordenada. Pero yo tuve que ir con un trapo repasando los olvidos, esos rincones que nunca quedan como quisiéramos. En fin, esto no es grave.
Lo grave fue que abrí un cajón del tocador donde había metido dos frasquitos de perfume y me encontré con que faltaba uno de ellos. Si hubieran estado a la vista, habría sido más comprensiva: una tentación la puede tener cualquiera y, aunque esté mal, si lo reconoce y repara... Pero lo terrible es que no estaban a la vista, que estaban en un cajón que ella había abierto, cuando sabía perfectamente que la limpieza era en superficie y no incluía abrir ni revisar cajones...
La llamé por teléfono y dijo que no sabía nada, que había tantas cosas... Claro, ella pensaba que no me daría cuenta; es posible que ya haya cometido otros pequeños hurtos sin que yo haya reparado, nunca podré saberlo... Lo malo es que esta vez yo sí sabía lo que había en el cajón, y el perfume que me robó (llamemos a las cosas por su nombre) era un Amarige de Givenchi tamaño miniatura comprado por mí en un aeropuerto no hace mucho.
Conclusión: no vendrá más a mi casa. A quien peca, se le expulsa del paraíso. Trabajará en otras casas quizá más lujosas, seguro que más ordenadas, pero sé que recordará siempre la casa donde tan bien se la trató, donde tan cómodo y poco exigente tenía el trabajo, donde solo encontró amabilidad, respeto y generosidad.
Lo que más me duele no es la pérdida material, sino el engaño, el abuso de confianza. No es la primera persona que me pierde por eso. Y supongo que no será la última, porque yo prefiero seguir pensando que la gente es buena y honesta mientras no me conste lo contrario.
Ayer despedí para siempre a mi limpiadora, aunque no sé si ella se ha percatado todavía. Es (era) una chica búlgara que había venido a España a vivir mejor con su marido, sus hijos, su madre y no sé si más parientes. Bastaba verla para saber que se sentía feliz: su forma de vestir, de sonreír, de moverse lo demostraban. Sus hijos están bien escolarizados, en centros públicos donde se les ofrecen clases de apoyo, español para extranjeros, ayuda sicológica, etc. Hay una seguridad social magnífica que les cubre. Habitan un piso en las afueras muy digno. Ignoro en qué trabaja su marido. Ella y su madre limpian pisos por horas. Eso significa que cobran un dinero negro, que no declaran, y muchos pocos hacen un mucho. A mí me venía (hasta ayer) una vez por semana, y aunque habíamos acordado un día y una hora, el día y la hora cambiaban más a su conveniencia que a la nuestra. En mi casa trabajaba a su ritmo, y todo lo que hacía nos parecía bien: si no le daba tiempo de limpiar algo, se quedaba para otro día. Además de la paga semanal, yo le daba de vez en cuando unos caramelos para sus hijos, un libro para el que mejor sabía leer, un paraguas el día que llovía (que no me lo ha devuelto... ) Ella parecía tan agradable y responsable... Insistía en que podíamos dejarle la llave de casa y hacer nuestras cosas sin estar pendientes de ella. "No hay problema", repetía. No para ella, desde luego.
Ayer la dejé limpiando mi dormitorio mientras bajaba a cambiar dinero para pagarla. Había recogido apresuradamente los muchos chismes de toda clase que acumulo y la ropa a fin de que pudiera limpiar sin estorbos. Cuando se fue, entré para ver el resultado. A simple vista, la habitación estaba muy ordenada. Pero yo tuve que ir con un trapo repasando los olvidos, esos rincones que nunca quedan como quisiéramos. En fin, esto no es grave.
Lo grave fue que abrí un cajón del tocador donde había metido dos frasquitos de perfume y me encontré con que faltaba uno de ellos. Si hubieran estado a la vista, habría sido más comprensiva: una tentación la puede tener cualquiera y, aunque esté mal, si lo reconoce y repara... Pero lo terrible es que no estaban a la vista, que estaban en un cajón que ella había abierto, cuando sabía perfectamente que la limpieza era en superficie y no incluía abrir ni revisar cajones...
La llamé por teléfono y dijo que no sabía nada, que había tantas cosas... Claro, ella pensaba que no me daría cuenta; es posible que ya haya cometido otros pequeños hurtos sin que yo haya reparado, nunca podré saberlo... Lo malo es que esta vez yo sí sabía lo que había en el cajón, y el perfume que me robó (llamemos a las cosas por su nombre) era un Amarige de Givenchi tamaño miniatura comprado por mí en un aeropuerto no hace mucho.
Conclusión: no vendrá más a mi casa. A quien peca, se le expulsa del paraíso. Trabajará en otras casas quizá más lujosas, seguro que más ordenadas, pero sé que recordará siempre la casa donde tan bien se la trató, donde tan cómodo y poco exigente tenía el trabajo, donde solo encontró amabilidad, respeto y generosidad.
Lo que más me duele no es la pérdida material, sino el engaño, el abuso de confianza. No es la primera persona que me pierde por eso. Y supongo que no será la última, porque yo prefiero seguir pensando que la gente es buena y honesta mientras no me conste lo contrario.
miércoles, 9 de mayo de 2007
LA MÁSCARA
Acabo de ver a Julio iglesias en un programa de la Cuatro. Al principio no lo veía, solo lo oía (porque estaba cocinando). Luego me volví y lo vi, y entonces me acerqué más a la tele pensando que no lo veía bien por ser miope y no llevar las gafas puestas; después se me ocurrió que quizá no era Julio iglesias, sino uno de sus imitadores, como sucede a veces en estos programas. Pero no: al parecer era él, Julio Iglesias en persona, con su peculiar voz que han heredado sus hijos (sobre todo su tocayo). Era él, sí, pero llevaba puesta una máscara que lo hacía irreconocible y que me produjo una enorme desazón. ¿Qué se ha hecho Julio Iglesias para, presuntamente, rejuvenecerse? ¿Qué clase de monstruo le ha operado cambiando sus facciones? Recordé entonces el polémico programa Cambio Radical, su espantoso anuncio en prensa: "Podré reír. Mi pareja no me dejará. Por fin bajaré a la playa con mis hijos". Y una especie de momia con un ojo maquillado se quita de la cabeza una fúnebre venda. ¡Qué horror y qué error! O sea, que la gente que no cumpla determinados -y discutibles- requisitos físicos, no tiene derecho a reír ni a tener pareja ni a exhibirse en la playa... ¿Qué clase de código moral y estético rige esta demencial sociedad de consumo?
Yo no pienso operarme nunca de nada que no sea cuestión de vida o muerte. Quiero envejecer con mis arrugas, con mis kilos de más, con mi esqueleto anquilosándose. Y si alguien no me quiere por mi tipo, él se lo pierde. Trataré de cuidarme en la alimentación, en el ejercicio, siendo responsable. Intentaré tener buena presencia mediante la ropa, el peinado y los cuidados razonables que el cuerpo nos pide, pero nunca me convertiré en una máscara ambulante.
Una de las mujeres más hermosas que he conocido fue una anciana de casi noventa años que vivía en la Puebla (Orense). La piel de su rostro era fina y blanquísima; las arrugas no la afeaban; sus ojos azules, su pelo canoso peinado hacia atrás, su expresión límpida y serena quedarán para siempre en mi memoria. Estaba gruesa, no tenía "buen tipo" según los criterios al uso, pero su belleza resultaba evidente, porque mirarla y escucharla deleitaba los sentidos. Ya quisiera mucha gente joven con la cara tersa llegar a poseer su encanto...
Acabo de ver a Julio iglesias en un programa de la Cuatro. Al principio no lo veía, solo lo oía (porque estaba cocinando). Luego me volví y lo vi, y entonces me acerqué más a la tele pensando que no lo veía bien por ser miope y no llevar las gafas puestas; después se me ocurrió que quizá no era Julio iglesias, sino uno de sus imitadores, como sucede a veces en estos programas. Pero no: al parecer era él, Julio Iglesias en persona, con su peculiar voz que han heredado sus hijos (sobre todo su tocayo). Era él, sí, pero llevaba puesta una máscara que lo hacía irreconocible y que me produjo una enorme desazón. ¿Qué se ha hecho Julio Iglesias para, presuntamente, rejuvenecerse? ¿Qué clase de monstruo le ha operado cambiando sus facciones? Recordé entonces el polémico programa Cambio Radical, su espantoso anuncio en prensa: "Podré reír. Mi pareja no me dejará. Por fin bajaré a la playa con mis hijos". Y una especie de momia con un ojo maquillado se quita de la cabeza una fúnebre venda. ¡Qué horror y qué error! O sea, que la gente que no cumpla determinados -y discutibles- requisitos físicos, no tiene derecho a reír ni a tener pareja ni a exhibirse en la playa... ¿Qué clase de código moral y estético rige esta demencial sociedad de consumo?
Yo no pienso operarme nunca de nada que no sea cuestión de vida o muerte. Quiero envejecer con mis arrugas, con mis kilos de más, con mi esqueleto anquilosándose. Y si alguien no me quiere por mi tipo, él se lo pierde. Trataré de cuidarme en la alimentación, en el ejercicio, siendo responsable. Intentaré tener buena presencia mediante la ropa, el peinado y los cuidados razonables que el cuerpo nos pide, pero nunca me convertiré en una máscara ambulante.
Una de las mujeres más hermosas que he conocido fue una anciana de casi noventa años que vivía en la Puebla (Orense). La piel de su rostro era fina y blanquísima; las arrugas no la afeaban; sus ojos azules, su pelo canoso peinado hacia atrás, su expresión límpida y serena quedarán para siempre en mi memoria. Estaba gruesa, no tenía "buen tipo" según los criterios al uso, pero su belleza resultaba evidente, porque mirarla y escucharla deleitaba los sentidos. Ya quisiera mucha gente joven con la cara tersa llegar a poseer su encanto...
martes, 8 de mayo de 2007
ASCO DE VÍSCERAS
Antaño había mendigos (aún queda alguno) que obtenían un dinero mostrando sus lacras y deformidades físicas, reales o falsas, daba igual con tal que impresionaran: cuanto más repulsivas, mejor. Hoy son muchos los personajes que se ganan la vida exhibiendo impúdicamente lacras morales: presuntos maltratadores, presuntos compañeros/as de cama o de farra, presuntos y confesos delincuentes. A mí ésa -como cualquier otra forma de supervivencia-, aunque me desagrada, no me parece tan perversa como otros procederes. En relación con dicha actividad, hay otra que me repugna mucho más, que creo que debería prohibirse por decreto, borrarse por amor al buen gusto, porque aturde y ofende la sensibilidad estética y moral de cualquier ser humano normalmente constituido (hay mucho anormal, pero no se trata de dar pasto a los anormales para que sigan cultivando su deformidad). Me refiero a los programas de tertulias de "vísceras" (es pecado emplear aquí la palabra "corazón") donde unos cuantos seres monstruosos, algunos con título de periodista para vergüenza de la profesión, otros con título de "populares" ("graduados en Osuna", que diría Cervantes), se refocilan como buitres sobre vivos y muertos (mejor sobre muertos, porque esos no les demandarán).
"Odia el delito y compadece al delincuente", escribió una piadosa jurista decimonónica (para los jóvenes que me lean: Concepción Arenal). Aquí es al revés: odian al delincuente, al que ridiculizan, insultan, humillan, gritan... y aman el delito, que disfrutan describiendo con delectación y morosidad digna de más alta causa.
Todo este largo exordio viene a cuento de un retazo de programa que vi el sábado pasado por casualidad en casa de mi suegra, el cual programa tiene un título dulce y un contenido a ratos bien amargo. Yo no soy tan hipócrita como para estar en contra por sistema de programas banales y de entretenimiento. Al contrario, los aplaudo si son honestos (en el buen sentido de este adjetivo, uno de los más devaluados y manipulados de nuestro idioma). Entiendo que haya programas de crónica social más o menos rosa, negra o amarilla. En algunos, la vida de los otros se cuenta con serenidad y buen gusto ("Corazón", "Gente") o con ironía y humor (el "tomate"). Pero los que me producen náuseas son aquellos a los que "periodistas" e "invitados" acuden a contar verdades y mentiras cobrando por ello, o a no contar nada e insinuarlo todo (modo nuevo de estafa y maledicencia), o a especular sin pruebas, o a dar vueltas como burros a la misma piedra sin sacar agua (sin aportar nada nuevo ni relevante), o a manifestar "ex cátedra" opiniones no cualificadas. Todo ello a menudo con unas formas (una falta de formas), un léxico (una pobreza y vulgaridad léxica), una gramática peculiar, que piden a gritos unos cursos acelerados de castellano correcto y de cortesía elemental.
Y los peores no son los "invitados", a los que podemos excusar por su falta de formación y otros bienes, sino los "periodistas" que los jalean y jadean.
El caso que provoca estas ya largas líneas fue el careo entre un presunto bailarín maltratador y una presunta periodista regocijada. Me horrorizó comprobar que me producía más rechazo la ¿periodista? que el ¿maltratador?. Si de veras la ¿periodista? asistió hace ¡ocho años! a una escena como la que describió, es una presunta delincuente por encubridora, por no haber denunciado a la policía y a la justicia, ella y toda la pandilla que, según ella, sabían y veían, lo que estaba ocurriendo. Tuvieron la "suerte" (todos, imagino) de que la víctima murió. Pero su cadáver sigue alimentando, no lluvias como decía el poeta (Miguel Hernández, otro guiño a los jóvenes): sino gentuza como la que se careaba en aquel plató y en otros muchos. Los dos (¿periodista? y "presunto") cobrando a costa de la muerta.
Había que ver la alegría con que la ¿periodista?, que destrozaba a la vez la gramática con leísmos, la pronunciación con participios en "ao" y la elegancia con un escote inapropiado y ni siquiera lúbrico, se cebaba en el "maltratador" hasta hacérnoslo casi simpático, lo contrario de lo que supongo pretendía. El regodeo que mostraba narrando lo escabroso me producía la misma malsana fascinación que cuando, de niña, me quedaba mirando la mierda en el interior de un wáter o una cucaracha destripada por la escoba de mi madre. Al fin encuentro el nombre exacto de mi sentimiento: ASCO.
Antaño había mendigos (aún queda alguno) que obtenían un dinero mostrando sus lacras y deformidades físicas, reales o falsas, daba igual con tal que impresionaran: cuanto más repulsivas, mejor. Hoy son muchos los personajes que se ganan la vida exhibiendo impúdicamente lacras morales: presuntos maltratadores, presuntos compañeros/as de cama o de farra, presuntos y confesos delincuentes. A mí ésa -como cualquier otra forma de supervivencia-, aunque me desagrada, no me parece tan perversa como otros procederes. En relación con dicha actividad, hay otra que me repugna mucho más, que creo que debería prohibirse por decreto, borrarse por amor al buen gusto, porque aturde y ofende la sensibilidad estética y moral de cualquier ser humano normalmente constituido (hay mucho anormal, pero no se trata de dar pasto a los anormales para que sigan cultivando su deformidad). Me refiero a los programas de tertulias de "vísceras" (es pecado emplear aquí la palabra "corazón") donde unos cuantos seres monstruosos, algunos con título de periodista para vergüenza de la profesión, otros con título de "populares" ("graduados en Osuna", que diría Cervantes), se refocilan como buitres sobre vivos y muertos (mejor sobre muertos, porque esos no les demandarán).
"Odia el delito y compadece al delincuente", escribió una piadosa jurista decimonónica (para los jóvenes que me lean: Concepción Arenal). Aquí es al revés: odian al delincuente, al que ridiculizan, insultan, humillan, gritan... y aman el delito, que disfrutan describiendo con delectación y morosidad digna de más alta causa.
Todo este largo exordio viene a cuento de un retazo de programa que vi el sábado pasado por casualidad en casa de mi suegra, el cual programa tiene un título dulce y un contenido a ratos bien amargo. Yo no soy tan hipócrita como para estar en contra por sistema de programas banales y de entretenimiento. Al contrario, los aplaudo si son honestos (en el buen sentido de este adjetivo, uno de los más devaluados y manipulados de nuestro idioma). Entiendo que haya programas de crónica social más o menos rosa, negra o amarilla. En algunos, la vida de los otros se cuenta con serenidad y buen gusto ("Corazón", "Gente") o con ironía y humor (el "tomate"). Pero los que me producen náuseas son aquellos a los que "periodistas" e "invitados" acuden a contar verdades y mentiras cobrando por ello, o a no contar nada e insinuarlo todo (modo nuevo de estafa y maledicencia), o a especular sin pruebas, o a dar vueltas como burros a la misma piedra sin sacar agua (sin aportar nada nuevo ni relevante), o a manifestar "ex cátedra" opiniones no cualificadas. Todo ello a menudo con unas formas (una falta de formas), un léxico (una pobreza y vulgaridad léxica), una gramática peculiar, que piden a gritos unos cursos acelerados de castellano correcto y de cortesía elemental.
Y los peores no son los "invitados", a los que podemos excusar por su falta de formación y otros bienes, sino los "periodistas" que los jalean y jadean.
El caso que provoca estas ya largas líneas fue el careo entre un presunto bailarín maltratador y una presunta periodista regocijada. Me horrorizó comprobar que me producía más rechazo la ¿periodista? que el ¿maltratador?. Si de veras la ¿periodista? asistió hace ¡ocho años! a una escena como la que describió, es una presunta delincuente por encubridora, por no haber denunciado a la policía y a la justicia, ella y toda la pandilla que, según ella, sabían y veían, lo que estaba ocurriendo. Tuvieron la "suerte" (todos, imagino) de que la víctima murió. Pero su cadáver sigue alimentando, no lluvias como decía el poeta (Miguel Hernández, otro guiño a los jóvenes): sino gentuza como la que se careaba en aquel plató y en otros muchos. Los dos (¿periodista? y "presunto") cobrando a costa de la muerta.
Había que ver la alegría con que la ¿periodista?, que destrozaba a la vez la gramática con leísmos, la pronunciación con participios en "ao" y la elegancia con un escote inapropiado y ni siquiera lúbrico, se cebaba en el "maltratador" hasta hacérnoslo casi simpático, lo contrario de lo que supongo pretendía. El regodeo que mostraba narrando lo escabroso me producía la misma malsana fascinación que cuando, de niña, me quedaba mirando la mierda en el interior de un wáter o una cucaracha destripada por la escoba de mi madre. Al fin encuentro el nombre exacto de mi sentimiento: ASCO.
viernes, 4 de mayo de 2007
ANGELINA JOLIE, MY IDOL..
Actualizo a punto de emprender el viaje a Pamplona. Tengo un poquito más de tiempo del previsto, porque estoy de baja por un problema locomotor que, por fortuna, no me impide escribir (ni asistir a la graduación de mi hijo mayor, pues iría en camilla si fuera preciso). Sé (de oídas) que hay gente que me lee, pero me gustaría ver comentarios por mínimos que fueran (de mi última entrada hay cero... ¿es que os he dejado sin palabras?)
Hoy os hablo de un personaje público al que admiro: Angelina Jolie. Y no la admiro por su belleza exuberante, ni por sus trabajos cinematográficos (que solo conozco ese videojuego filmado de Tomb Raider, aún no he visto El buen pastor). No, yo la admiro por su personalidad, por sus decisiones, por su forma de vivir. Se arrancó el apellido de su padre porque éste ni la comprendía ni la apoyaba, y para eso, mejor deshacerse de él. ¿Por qué mitificar las relaciones familiares? Si me seguís leyendo, ya sabréis cuántos motivos tengo para desmitificarlas. Angelina no es hipócrita como tantos otros que aceptan relaciones que les humillan, les contrarían, les desagradan... pero como es la familia... Que les den morcilla a muchas familias que yo me sé...
También me gusta Angelina por haber sido capaz de amar y casarse con un hombre veinte años mayor ¡eso es no tener complejos! Y cuando se acabó el amor o el hombre no estuvo a su altura (hipótesis probable), se borró el tatuaje y se enrolló con el tío más deseado del planeta (según las encuestas). ¡Muy bien que hizo y que lo disfrute! Yo no soy envidiosa de la felicidad de los demás, al contrario: me fío mucho más de la gente feliz y que triunfa que de la desgraciada, porque esta última muchas veces se dedica a amargar la vida a los demás.
Finalmente (en lo que concierne a la Jolie) y según he leído en la sala de espera de mi traumatólogo (lugar que visito con más frecuencia de la que desearía), Angelina divide sus abundantes ganancias en tres partes: ahorros, gastos y donaciones solidarias. ¡Eso es organizarse! El ahorro le hará falta para cuando se quiera retirar, y más con tantos hijos como tiene, entre adoptados multicolores y la preciosa niña biológica. Gastar es bueno porque también es una forma de compartir, porque es disfrutar de lo ganado y porque hay que vivir el presente. Tengo ingrata memoria de "ahorros" -no solo monetarios- que no le sirvieron de nada a quien los hizo y solo fueron fuente de disputa para los herederos. Y para terminar, las donaciones a causas justas ponen de relieve que la Jolie es algo más que un cuerpazo, es también un "alma grande", generosa, compasiva; virtudes estas de toda religión que se precie, cualidades que están inscritas en los genes de algunos seres humanos (no de todos) y que, no me cabe duda, contribuyen a nuestra supervivencia como especie y a nuestra felicidad: feliz el que da (si da bien, al evangélico modo) y feliz el que recibe, si sabe recibir (que hay quien no sabe).
That´s all for today. See you soon (Un poco de inglés en honor a la lingua franca de nuestros días).
Actualizo a punto de emprender el viaje a Pamplona. Tengo un poquito más de tiempo del previsto, porque estoy de baja por un problema locomotor que, por fortuna, no me impide escribir (ni asistir a la graduación de mi hijo mayor, pues iría en camilla si fuera preciso). Sé (de oídas) que hay gente que me lee, pero me gustaría ver comentarios por mínimos que fueran (de mi última entrada hay cero... ¿es que os he dejado sin palabras?)
Hoy os hablo de un personaje público al que admiro: Angelina Jolie. Y no la admiro por su belleza exuberante, ni por sus trabajos cinematográficos (que solo conozco ese videojuego filmado de Tomb Raider, aún no he visto El buen pastor). No, yo la admiro por su personalidad, por sus decisiones, por su forma de vivir. Se arrancó el apellido de su padre porque éste ni la comprendía ni la apoyaba, y para eso, mejor deshacerse de él. ¿Por qué mitificar las relaciones familiares? Si me seguís leyendo, ya sabréis cuántos motivos tengo para desmitificarlas. Angelina no es hipócrita como tantos otros que aceptan relaciones que les humillan, les contrarían, les desagradan... pero como es la familia... Que les den morcilla a muchas familias que yo me sé...
También me gusta Angelina por haber sido capaz de amar y casarse con un hombre veinte años mayor ¡eso es no tener complejos! Y cuando se acabó el amor o el hombre no estuvo a su altura (hipótesis probable), se borró el tatuaje y se enrolló con el tío más deseado del planeta (según las encuestas). ¡Muy bien que hizo y que lo disfrute! Yo no soy envidiosa de la felicidad de los demás, al contrario: me fío mucho más de la gente feliz y que triunfa que de la desgraciada, porque esta última muchas veces se dedica a amargar la vida a los demás.
Finalmente (en lo que concierne a la Jolie) y según he leído en la sala de espera de mi traumatólogo (lugar que visito con más frecuencia de la que desearía), Angelina divide sus abundantes ganancias en tres partes: ahorros, gastos y donaciones solidarias. ¡Eso es organizarse! El ahorro le hará falta para cuando se quiera retirar, y más con tantos hijos como tiene, entre adoptados multicolores y la preciosa niña biológica. Gastar es bueno porque también es una forma de compartir, porque es disfrutar de lo ganado y porque hay que vivir el presente. Tengo ingrata memoria de "ahorros" -no solo monetarios- que no le sirvieron de nada a quien los hizo y solo fueron fuente de disputa para los herederos. Y para terminar, las donaciones a causas justas ponen de relieve que la Jolie es algo más que un cuerpazo, es también un "alma grande", generosa, compasiva; virtudes estas de toda religión que se precie, cualidades que están inscritas en los genes de algunos seres humanos (no de todos) y que, no me cabe duda, contribuyen a nuestra supervivencia como especie y a nuestra felicidad: feliz el que da (si da bien, al evangélico modo) y feliz el que recibe, si sabe recibir (que hay quien no sabe).
That´s all for today. See you soon (Un poco de inglés en honor a la lingua franca de nuestros días).
martes, 1 de mayo de 2007
OPINIÓN SOBRE UNA NOTICIA
Como el próximo fin de semana me voy a Pamplona a la ceremonia de fin de carrera de Daniel, no creo que pueda actualizar, así que aprovecho la fiesta de hoy para hacerlo. Esta mañana estuvimos de paseo por Santa Pola para que A. lo conociera; como yo tengo una lesión aún por definir que me desaconseja caminar, me quedé sentada leyendo el periódico mientras él visitaba el Museo del Mar. Del cual, por cierto, salió bastante indignado debido a la mala educación de otros visitantes que se permitían leer en voz alta los carteles, haciendo toda clase de críticas inoportunas y vociferantes. Esto no tiene arreglo desde que se suprimió la asignatura de Urbanidad y se consideró que la buena educación era algo anticuado e incluso antidemocrático. La "contaminación acústica" que todos sufrimos es uno de los peores inconvenientes de vivir en sociedad (en otra ocasión os contaré los problemas de ruido que tenemos en pleno centro de Alicante y en un edificio aparentemente "de prestigio").
El caso es que estaba yo leyendo el periódico tan contenta mientras un niño daba balonazos haciendo retumbar todo el patio (los que conocéis el castillo de Santa Pola sabéis a lo que me refiero, hay quien lo toma por un parque público sin ley). Por suerte salió una funcionaria que llamó la atención a la criatura, a la que sus familiares adultos veían, impávidos y sin inmutarse, cómo goleaba contra un muro venerable.
Bien, pues ya entro en materia. Me refiero a la estremecedora noticia de que una jueza ha otorgado la custodia de dos adolescentes de 12 y 14 años a un padre que, presuntamente, las hizo y hace víctimas de abusos sexuales. Aquí hay, en primer lugar, una cuestión penal que se debe dilucidar: si el padre es culpable o no, si ha cometido o no dichos abusos; según informes médicos, alguien abusó de las niñas y ellas manifiestas reiteradamente que fue su padre, aunque la jueza no las cree. Pero tenemos, en segundo y muy importante lugar, una cuestión práctica. Imaginemos que, efectivamente, las niñas fabulan. ¿Hay que obligarlas a convivir con un progenitor al que detestan, por la razón que sea, cuando están tan a gusto con su madre? Imaginemos que su madre las ha manipulado. Pues bien, que no se preocupe la jueza, ya las niñas reaccionarán y volverán a tener relaciones con su padre en cuanto se liberen de la manipulación (véase el ejemplo de Clemente, el hijo del famoso Lecquio, que ha retomado relaciones con su padre tras años de no tenerlas). Al parecer, las niñas veían a su padre cuando procedía, aunque solicitaban que fuera en presencia de otra persona. ¿Cómo un padre que quiere a sus hijas puede pretender que vivan con él, arrancándoselas a una madre con la que sabe que están bien, y sin considerar que sus hijas no desean vivir con él? ¿Es que el padre es dueño de las hijas? ¿Es que los hijos son una propiedad que puede pasar de unas manos a otras como una finca?
¿Es que una jueza no puede equivocarse? ¿Qué pasa cuando se equivoca? Si un médico u otro profesional comete un error que compromete la vida o la salud de alguien, puede ser juzgado y castigado. ¿Lo será esta jueza si se demuestra que se ha equivocado de medio a medio, como se equivocó quien arrebató el niño de Rollo a sus padres adoptivos para dárselo a unos padres enfermos como si el niño fuera una medicina? ¿En qué clase de absurda sociedad vivimos, que impide la adopción a personas responsables basándose en su orientación sexual o en no tener una economía suficientemente saneada, cuando nos consta que hay tantos hijos de parejas heterosexuales que sufren toda clase de abusos (no solo sexuales) y que cualquier imbécil, irresponsable, capaz de engendrar, tiene todos los hijos biológicos que quiere?
Conclusión: no se puede obligar a nadie, y menos a unas chicas de doce y catorce años, a que vivan con quien no quieren vivir. Los jueces no están para hacer más desgraciada a la gente, sino más feliz.
Esto da para mucho. Poco a poco lo iremos viendo.
Como el próximo fin de semana me voy a Pamplona a la ceremonia de fin de carrera de Daniel, no creo que pueda actualizar, así que aprovecho la fiesta de hoy para hacerlo. Esta mañana estuvimos de paseo por Santa Pola para que A. lo conociera; como yo tengo una lesión aún por definir que me desaconseja caminar, me quedé sentada leyendo el periódico mientras él visitaba el Museo del Mar. Del cual, por cierto, salió bastante indignado debido a la mala educación de otros visitantes que se permitían leer en voz alta los carteles, haciendo toda clase de críticas inoportunas y vociferantes. Esto no tiene arreglo desde que se suprimió la asignatura de Urbanidad y se consideró que la buena educación era algo anticuado e incluso antidemocrático. La "contaminación acústica" que todos sufrimos es uno de los peores inconvenientes de vivir en sociedad (en otra ocasión os contaré los problemas de ruido que tenemos en pleno centro de Alicante y en un edificio aparentemente "de prestigio").
El caso es que estaba yo leyendo el periódico tan contenta mientras un niño daba balonazos haciendo retumbar todo el patio (los que conocéis el castillo de Santa Pola sabéis a lo que me refiero, hay quien lo toma por un parque público sin ley). Por suerte salió una funcionaria que llamó la atención a la criatura, a la que sus familiares adultos veían, impávidos y sin inmutarse, cómo goleaba contra un muro venerable.
Bien, pues ya entro en materia. Me refiero a la estremecedora noticia de que una jueza ha otorgado la custodia de dos adolescentes de 12 y 14 años a un padre que, presuntamente, las hizo y hace víctimas de abusos sexuales. Aquí hay, en primer lugar, una cuestión penal que se debe dilucidar: si el padre es culpable o no, si ha cometido o no dichos abusos; según informes médicos, alguien abusó de las niñas y ellas manifiestas reiteradamente que fue su padre, aunque la jueza no las cree. Pero tenemos, en segundo y muy importante lugar, una cuestión práctica. Imaginemos que, efectivamente, las niñas fabulan. ¿Hay que obligarlas a convivir con un progenitor al que detestan, por la razón que sea, cuando están tan a gusto con su madre? Imaginemos que su madre las ha manipulado. Pues bien, que no se preocupe la jueza, ya las niñas reaccionarán y volverán a tener relaciones con su padre en cuanto se liberen de la manipulación (véase el ejemplo de Clemente, el hijo del famoso Lecquio, que ha retomado relaciones con su padre tras años de no tenerlas). Al parecer, las niñas veían a su padre cuando procedía, aunque solicitaban que fuera en presencia de otra persona. ¿Cómo un padre que quiere a sus hijas puede pretender que vivan con él, arrancándoselas a una madre con la que sabe que están bien, y sin considerar que sus hijas no desean vivir con él? ¿Es que el padre es dueño de las hijas? ¿Es que los hijos son una propiedad que puede pasar de unas manos a otras como una finca?
¿Es que una jueza no puede equivocarse? ¿Qué pasa cuando se equivoca? Si un médico u otro profesional comete un error que compromete la vida o la salud de alguien, puede ser juzgado y castigado. ¿Lo será esta jueza si se demuestra que se ha equivocado de medio a medio, como se equivocó quien arrebató el niño de Rollo a sus padres adoptivos para dárselo a unos padres enfermos como si el niño fuera una medicina? ¿En qué clase de absurda sociedad vivimos, que impide la adopción a personas responsables basándose en su orientación sexual o en no tener una economía suficientemente saneada, cuando nos consta que hay tantos hijos de parejas heterosexuales que sufren toda clase de abusos (no solo sexuales) y que cualquier imbécil, irresponsable, capaz de engendrar, tiene todos los hijos biológicos que quiere?
Conclusión: no se puede obligar a nadie, y menos a unas chicas de doce y catorce años, a que vivan con quien no quieren vivir. Los jueces no están para hacer más desgraciada a la gente, sino más feliz.
Esto da para mucho. Poco a poco lo iremos viendo.
sábado, 28 de abril de 2007
LA VIDA EN ROSA
Irónico título para una vida en tonos más bien melancólicos. En la infancia predominan los grises. Luego, en la juventud y madurez, el negro de los vestidos (¿influencia de Chanel, que se vengó haciendo que las ricas lucieran el uniforme de las doncellas?) y el rojo intenso de los labios en forma de corazón por los que sale una voz fácil y fluida como un río, tormentosa y apasionada como un torrente.
Es Edith Piaf, pero es también Marion Cotillard, una intérprete a la que nunca antes había visto, que, al parecer, ha participado en alguna película holliwodiense haciendo un intranscendente personaje de jovencita francesa. Es una demostración de cómo el arte transforma; igual que transformaba a Edith, que dejaba de ser la muchacha barriobajera o la mujer consumida cuando se ponía a cantar; también Marion se transforma y no es la joven repantingada en un sillón contestando desdeñosamente a un periodista, sino que "es" Edith, porque la condición artística la transmuta en un alquimia que no nos cansamos de admirar. Tremenda interpretación la de la actriz cuando su personaje acaba de perder a su hija: su mirada desolada recuerda las dramáticas, intensas interpretaciones del cine mudo... porque no necesita palabras, sobran las palabras, basta el gesto para expresar el horror y el dolor.
Es una historia que hemos escuchado muchas veces: artista que triunfa, fracaso en vida personal, drogas y abusos, alguna mala compañía, sexualidad indecisa o promiscua. Sí, hemos visto esa historia otras veces, pero no con el mismo protagonista. No con esta frágil criatura de apellido de pájaro que proclama en sus canciones autobiográficas sus ansias de vivir, de amar y ser amada. Vale la pena verla.
Película moralizante, como todas las biográficas, estén o no manipuladas. Proclama el director que la hizo sobre la marcha, siguiendo su inspiración. No lo creo del todo. Hay mucho orden en ese aparente caos temporal, en ese juego constante de saltos en el tiempo. Hay una buscada correspondencia entre las canciones y los acontecimientos. Hay, sobre todo, una entrevista magnífica, antológica, en la playa, cuando una hermosa y saludable periodista pregunta a la cantante madura, ya en declive, lo que aconsejaría hacer a una mujer: "que ame" es la respuesta; y a una joven: "que ame"; y a una niña: "que ame". Pues eso. Un canto al amor, lo que fue la canción definitiva de Edith Piaf.
La vida en rosa. Francia, República Checa y Reino Unido 2007. Dirigida por Olivier Dahan.
Es Edith Piaf, pero es también Marion Cotillard, una intérprete a la que nunca antes había visto, que, al parecer, ha participado en alguna película holliwodiense haciendo un intranscendente personaje de jovencita francesa. Es una demostración de cómo el arte transforma; igual que transformaba a Edith, que dejaba de ser la muchacha barriobajera o la mujer consumida cuando se ponía a cantar; también Marion se transforma y no es la joven repantingada en un sillón contestando desdeñosamente a un periodista, sino que "es" Edith, porque la condición artística la transmuta en un alquimia que no nos cansamos de admirar. Tremenda interpretación la de la actriz cuando su personaje acaba de perder a su hija: su mirada desolada recuerda las dramáticas, intensas interpretaciones del cine mudo... porque no necesita palabras, sobran las palabras, basta el gesto para expresar el horror y el dolor.
Es una historia que hemos escuchado muchas veces: artista que triunfa, fracaso en vida personal, drogas y abusos, alguna mala compañía, sexualidad indecisa o promiscua. Sí, hemos visto esa historia otras veces, pero no con el mismo protagonista. No con esta frágil criatura de apellido de pájaro que proclama en sus canciones autobiográficas sus ansias de vivir, de amar y ser amada. Vale la pena verla.
Película moralizante, como todas las biográficas, estén o no manipuladas. Proclama el director que la hizo sobre la marcha, siguiendo su inspiración. No lo creo del todo. Hay mucho orden en ese aparente caos temporal, en ese juego constante de saltos en el tiempo. Hay una buscada correspondencia entre las canciones y los acontecimientos. Hay, sobre todo, una entrevista magnífica, antológica, en la playa, cuando una hermosa y saludable periodista pregunta a la cantante madura, ya en declive, lo que aconsejaría hacer a una mujer: "que ame" es la respuesta; y a una joven: "que ame"; y a una niña: "que ame". Pues eso. Un canto al amor, lo que fue la canción definitiva de Edith Piaf.
La vida en rosa. Francia, República Checa y Reino Unido 2007. Dirigida por Olivier Dahan.
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