domingo, 13 de mayo de 2007

ABUSO DE CONFIANZA

Ayer despedí para siempre a mi limpiadora, aunque no sé si ella se ha percatado todavía. Es (era) una chica búlgara que había venido a España a vivir mejor con su marido, sus hijos, su madre y no sé si más parientes. Bastaba verla para saber que se sentía feliz: su forma de vestir, de sonreír, de moverse lo demostraban. Sus hijos están bien escolarizados, en centros públicos donde se les ofrecen clases de apoyo, español para extranjeros, ayuda sicológica, etc. Hay una seguridad social magnífica que les cubre. Habitan un piso en las afueras muy digno. Ignoro en qué trabaja su marido. Ella y su madre limpian pisos por horas. Eso significa que cobran un dinero negro, que no declaran, y muchos pocos hacen un mucho. A mí me venía (hasta ayer) una vez por semana, y aunque habíamos acordado un día y una hora, el día y la hora cambiaban más a su conveniencia que a la nuestra. En mi casa trabajaba a su ritmo, y todo lo que hacía nos parecía bien: si no le daba tiempo de limpiar algo, se quedaba para otro día. Además de la paga semanal, yo le daba de vez en cuando unos caramelos para sus hijos, un libro para el que mejor sabía leer, un paraguas el día que llovía (que no me lo ha devuelto... ) Ella parecía tan agradable y responsable... Insistía en que podíamos dejarle la llave de casa y hacer nuestras cosas sin estar pendientes de ella. "No hay problema", repetía. No para ella, desde luego.
Ayer la dejé limpiando mi dormitorio mientras bajaba a cambiar dinero para pagarla. Había recogido apresuradamente los muchos chismes de toda clase que acumulo y la ropa a fin de que pudiera limpiar sin estorbos. Cuando se fue, entré para ver el resultado. A simple vista, la habitación estaba muy ordenada. Pero yo tuve que ir con un trapo repasando los olvidos, esos rincones que nunca quedan como quisiéramos. En fin, esto no es grave.
Lo grave fue que abrí un cajón del tocador donde había metido dos frasquitos de perfume y me encontré con que faltaba uno de ellos. Si hubieran estado a la vista, habría sido más comprensiva: una tentación la puede tener cualquiera y, aunque esté mal, si lo reconoce y repara... Pero lo terrible es que no estaban a la vista, que estaban en un cajón que ella había abierto, cuando sabía perfectamente que la limpieza era en superficie y no incluía abrir ni revisar cajones...
La llamé por teléfono y dijo que no sabía nada, que había tantas cosas... Claro, ella pensaba que no me daría cuenta; es posible que ya haya cometido otros pequeños hurtos sin que yo haya reparado, nunca podré saberlo... Lo malo es que esta vez yo sí sabía lo que había en el cajón, y el perfume que me robó (llamemos a las cosas por su nombre) era un Amarige de Givenchi tamaño miniatura comprado por mí en un aeropuerto no hace mucho.
Conclusión: no vendrá más a mi casa. A quien peca, se le expulsa del paraíso. Trabajará en otras casas quizá más lujosas, seguro que más ordenadas, pero sé que recordará siempre la casa donde tan bien se la trató, donde tan cómodo y poco exigente tenía el trabajo, donde solo encontró amabilidad, respeto y generosidad.
Lo que más me duele no es la pérdida material, sino el engaño, el abuso de confianza. No es la primera persona que me pierde por eso. Y supongo que no será la última, porque yo prefiero seguir pensando que la gente es buena y honesta mientras no me conste lo contrario.

No hay comentarios.: