Quiero empezar dando las gracias a C., un profesor de Bilbao que lee mi blog y me anima a publicar un libro con este mismo nombre: "No me iré sin decirlo". Le suena a reivindicación romántica, a ajuste de cuentas, a película del Oeste. Gracias a él y a todas las personas que me empujan a seguir adelante, a todos los que me regalan una sonrisa, unas palabras, un detalle de amistad, de comprensión, de afecto, unos minutos de compañía... ¡Qué afortunada y rica soy en todo eso!
Acaba de salir publicado mi libro de poesía "Aquella luz, aquellas sombras". Leo con emoción los versos que recogen mi vida, mis recuerdos. El poemario es una anticipación de la prosa que preparo, el libro de memorias que saldrá a breve-medio plazo (he prometido no cortarme el pelo hasta que lo publique, y ya empieza a percibirse como "pelo largo").
Mi libro de poesía, para quien le interese, estará a la venta dentro de unos días en las librerías y sobre todo en el punto de venta del Instituto Juan Gil Albert, de la Diputación de Alicante, que es quien lo edita.
Incluyo el primer poema:
AQUELLA LUZ, AQUELLAS SOMBRAS
Aquella luz de la infancia,
blanca de sol y amarilla,
que entraba por los balcones
de la ancha casa perdida
iluminando las cosas
que entonces aún eran mías,
hechas hoy frágiles fósiles
en el ámbar de los días.
Aquellas sombras cálidas,
sus voces, sus caricias,
sus pasos encendidos
en la noche más fría,
son ahora tierra y polvo,
perfil de fotografía,
el recuerdo de un recuerdo
que en las palabras habita.
Luz y sombras: vais conmigo;
viviréis mientras yo viva.
Saludos a los pocos/algunos/nosécuántos que me leen.
jueves, 25 de febrero de 2010
lunes, 1 de febrero de 2010
TRABAJAR HASTA LOS 67 Y MÁS SOBRE CORTESÍA
Mirémoslo en positivo. Trabajar hasta los 67 es alargar la vida, es retrasar la vejez. Lo que hay que hacer es adaptar los trabajos a la disminución de fuerzas inherente a la edad. Por ejemplo, a los profesores se les sustituye parte del horario docente por horario administrativo, de biblioteca, etc. Hay trabajos en que estas adaptaciones son posibles, otros en que no, y en los segundos la jubilación habrá de producirse cuando corresponda, pensando en la salud y el bienestar del trabajador por encima de cualquier otra consideración. ¿Lo sabrán defender así los sindicatos?
Hoy he ido a una librería a un encargo; la dependienta, que no sabía qué hacer, ha llamado al propietario y le ha dicho: "Que aquí la chica trae una cosa..." No he podido evitar reírme. Era mi pausa del trabajo e iba vestida con un traje de chaqueta clásico. Tengo cincuenta y tres años y no los disimulo. ¿Se me puede llamar "la chica" como si tuviera diecisiete o como si fuera la chica de los recados, la chica del gato, la chica yeyé? Dicho sea con todo el respeto a todas esas chicas.
El problema es que la dependienta no sabía que emplear "señora" no es anticuado, sino apropiado. A la juventud no se la educa en el protocolo del tratamiento. Hace unos días estuve en un colegio privado religioso, donde los alumnos se pusieron en pie al entrar yo en el aula para darles mi charla. La profesora acompañante me dijo muy orgullosa que esa era la costumbre del colegio: que los alumnos se levantaran al entrar un adulto en su clase. Mi buena impresión se derrumbó cuando un alumno me tuteó con todo descaro para hacerme una pregunta. Al acabar, le expuse a la joven profesora mi desconcierto ante aquel tuteo inapropiado y me contestó muy suavemente que el tuteo era un signo de afecto, no una falta de respeto. Me pregunto qué afecto podía sentir hacia mí un alumno de trece años que me veía por primera vez. No quise contestar a la profesora porque a veces una se cansa de estar siempre explicando cosas que ya deberían saberse.
¡Cuánto podríamos aprender de los franceses, que saben saludar, despedirse, excusarse y dar las gracias, y encima saben distinguir entre el tú y el usted y usar cada uno de estos pronombres cuando corresponde!
Hoy he ido a una librería a un encargo; la dependienta, que no sabía qué hacer, ha llamado al propietario y le ha dicho: "Que aquí la chica trae una cosa..." No he podido evitar reírme. Era mi pausa del trabajo e iba vestida con un traje de chaqueta clásico. Tengo cincuenta y tres años y no los disimulo. ¿Se me puede llamar "la chica" como si tuviera diecisiete o como si fuera la chica de los recados, la chica del gato, la chica yeyé? Dicho sea con todo el respeto a todas esas chicas.
El problema es que la dependienta no sabía que emplear "señora" no es anticuado, sino apropiado. A la juventud no se la educa en el protocolo del tratamiento. Hace unos días estuve en un colegio privado religioso, donde los alumnos se pusieron en pie al entrar yo en el aula para darles mi charla. La profesora acompañante me dijo muy orgullosa que esa era la costumbre del colegio: que los alumnos se levantaran al entrar un adulto en su clase. Mi buena impresión se derrumbó cuando un alumno me tuteó con todo descaro para hacerme una pregunta. Al acabar, le expuse a la joven profesora mi desconcierto ante aquel tuteo inapropiado y me contestó muy suavemente que el tuteo era un signo de afecto, no una falta de respeto. Me pregunto qué afecto podía sentir hacia mí un alumno de trece años que me veía por primera vez. No quise contestar a la profesora porque a veces una se cansa de estar siempre explicando cosas que ya deberían saberse.
¡Cuánto podríamos aprender de los franceses, que saben saludar, despedirse, excusarse y dar las gracias, y encima saben distinguir entre el tú y el usted y usar cada uno de estos pronombres cuando corresponde!
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