NO QUIERO SER ENIGMÁTICA, voy a ser directa. Hay gente que hace daño, a veces para beneficiarse, lo cual puede llegar a disculparse; otras, solo por hacer daño, sin más placer que producir mal a otro, lo cual me parece imperdonable: es una enfermedad moral de la que se habla poco, una especie de sadismo infinitamente más peligroso que la perversión sexual a que se suele referir ese nombre. La maldad existe en todas partes -en el trabajo, en el vecindario, en la familia, en la vida social- y la única defensa que he encontrado frente a ella ha sido la huida y la renuncia. El poder del mal me excede, me coge siempre indefensa, con la reacción tardía, con la incredulidad del "no es posible que esto me esté pasando", con la tristeza de la impotencia. Solo me queda contarlo, denunciarlo, casi siempre en vano. He denunciado situaciones injustas que ni siquiera iban contra mí, sino contra otras personas, y no he recibido respuesta. Hay gente que, siendo buena, y pudiendo actuar, prefiere no complicarse la vida y por eso el mal campa por todas partes como un torrente de lava maligna, contaminándolo todo. Sobrevivimos en esas pequeñas islas de bien que son la amistad, la consolación filosófica, la comunicación, los pequeños placeres de la vida que nos distraen y nos dan fuerzas para seguir, para no rendirnos.
En este mundo, el mal parece más fuerte que el bien. Por eso hay quien cree que tiene que existir otro mundo mejor donde todo se ponga en su sitio: la "sanción" kantiana. "Los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz", me dijo una vez un sacerdote aludiendo al comportamiento de mis dos hermanos varones, que tantísimo me han perjudicado.
Si me roban o me estafan o me engañan para lucrarse, como ya me ha ocurrido en varias ocasiones, mal está, pero acabo perdonándolo. Lo que no puedo perdonar, lo que creo merece un juicio que, lamentablemente, no se da en este planeta, donde la "justicia poética" es solo literatura, lo que no perdonaré nunca es ese mal que se ejerce sin provecho alguno, solo para hurgar donde más duele, solo para arrebatarle a alguien lo que ama. He tenido la inmensa desgracia de que también me haya ocurrido esto. Como no sé si me dará tiempo a contarlo despacio, lo cuelgo en el blog para que se sepa por qué no me relaciono con mis hermanos ni, en consecuencia no deseada, con sus familias: porque ellos me han maltratado durante largos años como nadie en este mundo, porque me han robado lo más íntimo y mío en bienes y en derechos con una crueldad innecesaria, que ha horrorizado a cuantos conocen la historia. Porque han sido radicalmente injustos con quien merecía lo mismo que ellos y no lo ha tenido, espantosamente ingratos con quien se lo dio todo cuando lo necesitaron. Dicho queda. Como prometí, no me iré sin decirlo.
martes, 5 de junio de 2007
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