Irónico título para una vida en tonos más bien melancólicos. En la infancia predominan los grises. Luego, en la juventud y madurez, el negro de los vestidos (¿influencia de Chanel, que se vengó haciendo que las ricas lucieran el uniforme de las doncellas?) y el rojo intenso de los labios en forma de corazón por los que sale una voz fácil y fluida como un río, tormentosa y apasionada como un torrente.
Es Edith Piaf, pero es también Marion Cotillard, una intérprete a la que nunca antes había visto, que, al parecer, ha participado en alguna película holliwodiense haciendo un intranscendente personaje de jovencita francesa. Es una demostración de cómo el arte transforma; igual que transformaba a Edith, que dejaba de ser la muchacha barriobajera o la mujer consumida cuando se ponía a cantar; también Marion se transforma y no es la joven repantingada en un sillón contestando desdeñosamente a un periodista, sino que "es" Edith, porque la condición artística la transmuta en un alquimia que no nos cansamos de admirar. Tremenda interpretación la de la actriz cuando su personaje acaba de perder a su hija: su mirada desolada recuerda las dramáticas, intensas interpretaciones del cine mudo... porque no necesita palabras, sobran las palabras, basta el gesto para expresar el horror y el dolor.
Es una historia que hemos escuchado muchas veces: artista que triunfa, fracaso en vida personal, drogas y abusos, alguna mala compañía, sexualidad indecisa o promiscua. Sí, hemos visto esa historia otras veces, pero no con el mismo protagonista. No con esta frágil criatura de apellido de pájaro que proclama en sus canciones autobiográficas sus ansias de vivir, de amar y ser amada. Vale la pena verla.
Película moralizante, como todas las biográficas, estén o no manipuladas. Proclama el director que la hizo sobre la marcha, siguiendo su inspiración. No lo creo del todo. Hay mucho orden en ese aparente caos temporal, en ese juego constante de saltos en el tiempo. Hay una buscada correspondencia entre las canciones y los acontecimientos. Hay, sobre todo, una entrevista magnífica, antológica, en la playa, cuando una hermosa y saludable periodista pregunta a la cantante madura, ya en declive, lo que aconsejaría hacer a una mujer: "que ame" es la respuesta; y a una joven: "que ame"; y a una niña: "que ame". Pues eso. Un canto al amor, lo que fue la canción definitiva de Edith Piaf.
La vida en rosa. Francia, República Checa y Reino Unido 2007. Dirigida por Olivier Dahan.
Es Edith Piaf, pero es también Marion Cotillard, una intérprete a la que nunca antes había visto, que, al parecer, ha participado en alguna película holliwodiense haciendo un intranscendente personaje de jovencita francesa. Es una demostración de cómo el arte transforma; igual que transformaba a Edith, que dejaba de ser la muchacha barriobajera o la mujer consumida cuando se ponía a cantar; también Marion se transforma y no es la joven repantingada en un sillón contestando desdeñosamente a un periodista, sino que "es" Edith, porque la condición artística la transmuta en un alquimia que no nos cansamos de admirar. Tremenda interpretación la de la actriz cuando su personaje acaba de perder a su hija: su mirada desolada recuerda las dramáticas, intensas interpretaciones del cine mudo... porque no necesita palabras, sobran las palabras, basta el gesto para expresar el horror y el dolor.
Es una historia que hemos escuchado muchas veces: artista que triunfa, fracaso en vida personal, drogas y abusos, alguna mala compañía, sexualidad indecisa o promiscua. Sí, hemos visto esa historia otras veces, pero no con el mismo protagonista. No con esta frágil criatura de apellido de pájaro que proclama en sus canciones autobiográficas sus ansias de vivir, de amar y ser amada. Vale la pena verla.
Película moralizante, como todas las biográficas, estén o no manipuladas. Proclama el director que la hizo sobre la marcha, siguiendo su inspiración. No lo creo del todo. Hay mucho orden en ese aparente caos temporal, en ese juego constante de saltos en el tiempo. Hay una buscada correspondencia entre las canciones y los acontecimientos. Hay, sobre todo, una entrevista magnífica, antológica, en la playa, cuando una hermosa y saludable periodista pregunta a la cantante madura, ya en declive, lo que aconsejaría hacer a una mujer: "que ame" es la respuesta; y a una joven: "que ame"; y a una niña: "que ame". Pues eso. Un canto al amor, lo que fue la canción definitiva de Edith Piaf.
La vida en rosa. Francia, República Checa y Reino Unido 2007. Dirigida por Olivier Dahan.