OPINIÓN SOBRE UNA NOTICIA
Como el próximo fin de semana me voy a Pamplona a la ceremonia de fin de carrera de Daniel, no creo que pueda actualizar, así que aprovecho la fiesta de hoy para hacerlo. Esta mañana estuvimos de paseo por Santa Pola para que A. lo conociera; como yo tengo una lesión aún por definir que me desaconseja caminar, me quedé sentada leyendo el periódico mientras él visitaba el Museo del Mar. Del cual, por cierto, salió bastante indignado debido a la mala educación de otros visitantes que se permitían leer en voz alta los carteles, haciendo toda clase de críticas inoportunas y vociferantes. Esto no tiene arreglo desde que se suprimió la asignatura de Urbanidad y se consideró que la buena educación era algo anticuado e incluso antidemocrático. La "contaminación acústica" que todos sufrimos es uno de los peores inconvenientes de vivir en sociedad (en otra ocasión os contaré los problemas de ruido que tenemos en pleno centro de Alicante y en un edificio aparentemente "de prestigio").
El caso es que estaba yo leyendo el periódico tan contenta mientras un niño daba balonazos haciendo retumbar todo el patio (los que conocéis el castillo de Santa Pola sabéis a lo que me refiero, hay quien lo toma por un parque público sin ley). Por suerte salió una funcionaria que llamó la atención a la criatura, a la que sus familiares adultos veían, impávidos y sin inmutarse, cómo goleaba contra un muro venerable.
Bien, pues ya entro en materia. Me refiero a la estremecedora noticia de que una jueza ha otorgado la custodia de dos adolescentes de 12 y 14 años a un padre que, presuntamente, las hizo y hace víctimas de abusos sexuales. Aquí hay, en primer lugar, una cuestión penal que se debe dilucidar: si el padre es culpable o no, si ha cometido o no dichos abusos; según informes médicos, alguien abusó de las niñas y ellas manifiestas reiteradamente que fue su padre, aunque la jueza no las cree. Pero tenemos, en segundo y muy importante lugar, una cuestión práctica. Imaginemos que, efectivamente, las niñas fabulan. ¿Hay que obligarlas a convivir con un progenitor al que detestan, por la razón que sea, cuando están tan a gusto con su madre? Imaginemos que su madre las ha manipulado. Pues bien, que no se preocupe la jueza, ya las niñas reaccionarán y volverán a tener relaciones con su padre en cuanto se liberen de la manipulación (véase el ejemplo de Clemente, el hijo del famoso Lecquio, que ha retomado relaciones con su padre tras años de no tenerlas). Al parecer, las niñas veían a su padre cuando procedía, aunque solicitaban que fuera en presencia de otra persona. ¿Cómo un padre que quiere a sus hijas puede pretender que vivan con él, arrancándoselas a una madre con la que sabe que están bien, y sin considerar que sus hijas no desean vivir con él? ¿Es que el padre es dueño de las hijas? ¿Es que los hijos son una propiedad que puede pasar de unas manos a otras como una finca?
¿Es que una jueza no puede equivocarse? ¿Qué pasa cuando se equivoca? Si un médico u otro profesional comete un error que compromete la vida o la salud de alguien, puede ser juzgado y castigado. ¿Lo será esta jueza si se demuestra que se ha equivocado de medio a medio, como se equivocó quien arrebató el niño de Rollo a sus padres adoptivos para dárselo a unos padres enfermos como si el niño fuera una medicina? ¿En qué clase de absurda sociedad vivimos, que impide la adopción a personas responsables basándose en su orientación sexual o en no tener una economía suficientemente saneada, cuando nos consta que hay tantos hijos de parejas heterosexuales que sufren toda clase de abusos (no solo sexuales) y que cualquier imbécil, irresponsable, capaz de engendrar, tiene todos los hijos biológicos que quiere?
Conclusión: no se puede obligar a nadie, y menos a unas chicas de doce y catorce años, a que vivan con quien no quieren vivir. Los jueces no están para hacer más desgraciada a la gente, sino más feliz.
Esto da para mucho. Poco a poco lo iremos viendo.
martes, 1 de mayo de 2007
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