Hoy día 24 de diciembre de 2009 retomo mi blog, que se podría llamar, como el de mi hijo mayor, "blog de las pocas actualizaciones". Aunque solo sirva para que yo lo lea, será una memoria de momentos que quizá en algún futuro imperfecto tendrán sentido.
Voy al presente. Estoy participando en un proyecto muy interesante: un libro colectivo redactado por profesores españoles en el extranjero que cuentan sus vivencias particulares y profesionales. Estamos buscando una editorial que nos publique y promocione; vale la pena, porque las historias son muy buenas, cada una en su estilo, y sobre todo, muy auténticas. Solo personas dispuestas a dar, generosas de su intimidad y sus experiencias, son capaces de contarlas y trasmitirlas a otros, lo que a mí me parece un regalo y un acto de valentía. No me refiero a contar intimidades impúdicas, sino a compartir vivencias y emociones que pueden ser útiles, o al menos de grata lectura. No me gusta la gente reservada que no dice nada de sí misma: su silencio habla por ellas y suele indicar que, o no son de fiar, o no tienen nada que contar. Recuerdo una reunión de compañeras -todo mujeres- hace muchos años (en el curso 81-82) cuando estaba destinada en la Vila Joiosa (Alicante): todas, por turno, fuimos contando algo particular, desde un parto difícil a un amor imposible, un viaje extravagante o una historia familiar. Solo hubo una de nosotras, R., que no despegó los labios. A mí me parecía como cuando todos aportan algo a una comida y alguien llega con las manos vacías. No tardé en comprobar que nunca tendría sintonía con R.
Estamos en navidad y en estos momentos se piensa en los ausentes, los que se llevó la muerte y los muertos en vida. A uno de estos últimos dirigí una carta rogándole me informara sobre el destino que pensaba dar a la colección científica de nuestro común abuelo. No me ha contestado, es decir, su silencio y algún otro suceso casi intranscendente han sido la respuesta. Él y el otro como él irán a la iglesia, comulgarán, asistirán devotamente a las ceremonias religiosas propias de la navidad. Pero, en lo más hondo de sus corazónes, creo que los dos saben que la navidad está definitivamente muerta cuando no hay bondad, ni justicia, ni misericordia. Ya pueden sonar las campanas, ya pueden repicar las zambombas, ya pueden desgañitarse con los villancicos, ya pueden atracarse de turrones: si no hay amor, de nada les vale (perdóname, Pablo de Tarso, por plagiarte).
jueves, 24 de diciembre de 2009
jueves, 23 de abril de 2009
Queridos amigos de mi blog: yo creía que nadie me leía, porque apenas recibía comentarios; sin embargo, encuentro gente que me lee, aunque no me escriba. He decidido que voy a retomar de nuevo esta forma de comunicación global. No abusaré de vuestra paciencia y solo escribiré un folio por semana, será un intento de ascesis para reprimir mis casi irreprimibles ansias de expresión.
Hace un par de días leí una noticia de prensa que parece anecdótica y, sin embargo, puede conmigo. Se trata del niño ibicenco de 11 años Olav, al que su colegio no le permite redactar los exámenes en castellano, su lengua materna. Da igual que la Constitución lo autorice, que diga que el castellano es la lengua de todos los españoles y que todos tenemos el deber de conocerlo y el derecho de usarlo. En Baleares, y no solo allí, se ha creado una situación que recuerda las dictaduras más kafkianas: es una partitocracia basada en la ambición de gobierno de los políticos, sin dar cabida al sentido común ni a los derechos e intereses de los gobernados. Ya sabéis que los funcionarios no podemos entrar a trabajar en Baleares sin pasar un examen que no consiste solo en la lengua catalana, sino en cuatro pruebas de cultura de tal nivel, que desaniman a cualquiera; por ejemplo -contado por un colega que lo vivió en primera persona-, hacer un comentario de texto de un documento del siglo XVIII redactado en mallorquín antiguo. Se trata de cerrar fronteras, en vez de abrirlas, cayendo en una endogamia patológica, que perjudica a todos.
Que un niño escolarizado en la escuela pública de Baleares solo pueda estudiar en catalán va contra los derechos de la gente con menos recursos, porque los ricos y poderosos, los mismos que elaboran esas leyes y convenios nefastos, harán que sus hijos aprendan el español, el inglés y lo que haga falta: para eso están los centros privados y las escuelas internacionales.
El gran lingüista Coseriu, al que tuve el privilegio de escuchar en más de una ocasión, ya advirtió de estos peligros: de enseñar hablando a los negros de norteamérica en su argot o a los hispanos en el suyo, lo que suponía condenarlos a seguir en donde estaban. Pero eso es lo que quieren los políticos: seguir donde están.
Hace un par de días leí una noticia de prensa que parece anecdótica y, sin embargo, puede conmigo. Se trata del niño ibicenco de 11 años Olav, al que su colegio no le permite redactar los exámenes en castellano, su lengua materna. Da igual que la Constitución lo autorice, que diga que el castellano es la lengua de todos los españoles y que todos tenemos el deber de conocerlo y el derecho de usarlo. En Baleares, y no solo allí, se ha creado una situación que recuerda las dictaduras más kafkianas: es una partitocracia basada en la ambición de gobierno de los políticos, sin dar cabida al sentido común ni a los derechos e intereses de los gobernados. Ya sabéis que los funcionarios no podemos entrar a trabajar en Baleares sin pasar un examen que no consiste solo en la lengua catalana, sino en cuatro pruebas de cultura de tal nivel, que desaniman a cualquiera; por ejemplo -contado por un colega que lo vivió en primera persona-, hacer un comentario de texto de un documento del siglo XVIII redactado en mallorquín antiguo. Se trata de cerrar fronteras, en vez de abrirlas, cayendo en una endogamia patológica, que perjudica a todos.
Que un niño escolarizado en la escuela pública de Baleares solo pueda estudiar en catalán va contra los derechos de la gente con menos recursos, porque los ricos y poderosos, los mismos que elaboran esas leyes y convenios nefastos, harán que sus hijos aprendan el español, el inglés y lo que haga falta: para eso están los centros privados y las escuelas internacionales.
El gran lingüista Coseriu, al que tuve el privilegio de escuchar en más de una ocasión, ya advirtió de estos peligros: de enseñar hablando a los negros de norteamérica en su argot o a los hispanos en el suyo, lo que suponía condenarlos a seguir en donde estaban. Pero eso es lo que quieren los políticos: seguir donde están.
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