Cuando organicéis una comida que os importe mucho, NO lo hagáis en un sitio desconocido para vosotros y NO os fiéis de la apariencia lujosa.
Este fin de semana celebraba una comida en cierto restaurante -ubicado en un lugar emblemático de Alicante- en homenaje a mi hijo mayor, por sus bien ganadas oposiciones, y me he llevado un gran disgusto. Es cierto que elegí un menú sencillo, porque mis medios no me permitían otra cosa, pero "sencillo" no debería significar "cutre" ni "menguado". El menú tenía una publicidad engañosa, pues el primer entrante se presentaba como "Plato de ibérico". Al decirme que además de jamón había chorizo y salchichón, lo transcribí como "selección de ibéricos" -para no repetir lo de "plato", que aparecía tres veces-... y resultó que lo único "ibérico" era un jamón con más tocino que otra cosa.
Me consta que algunos invitados debatieron sobre el pálido color de los langostinos, aunque por suerte no sentaron mal a nadie -que yo sepa-, pero desde luego su tono era muy triste. La mesa de los jóvenes, donde había nueve comensales, tenía la misma ración al centro que las mesas de siete... Menos mal que mi amiga P. les nutría con las sobras de la suya. De la tarta de tiramisú, solo diré que debía de ser para quince personas y no para treinta, dado lo exiguo de la porción, más considerando que ese era el único postre.
Al final quise ser amable con los camareros, que no tienen la culpa, y les ofrecí un bombón que agradecieron. A la hora de pagar, la encargada me preguntó qué me había parecido y no quise decirle lo que realmente pensaba, ¿para qué añadir un disgusto a otro? Eso sí, le pedí el teléfono del pastelero con intención de llamar y preguntarle de cuántas raciones le habían encargado la tarta; pero, al llegar a casa, decidí que no valía la pena: rompí el teléfono junto con todas las tarjetas y publicidades del sitio.
Ahora sé dónde haré mis próximas fiestas: en lugares garantizados, probados de antemano. Espero tener ocasión de más celebraciones y confío en que, en las próximas, la comida esté a la altura de la categoría y el afecto que demostraron nuestros invitados.
martes, 30 de marzo de 2010
viernes, 12 de marzo de 2010
DELIBES
«Con su sola presencia, aligeraba la pesadumbre del vivir». Es frase de Delibes, recién entrado en el panteón de la Historia literaria; frase dedicada al amor de su vida, que además fue su mujer durante casi treinta años. Cuando la perdió, perdió su referencia y pasó largo tiempo sin escribir. Ahora que ha muerto y todos hablarán de tantas cosas: de sus libros, su posición política, su época, Fraga, la censura, el camino, las ratas, el norte de castilla y tantos etcéteras, yo quiero recordar a un hombre que tuvo la inmensa suerte de amar y ser amado, de comunicar y comunicarse, de escribir y ser leído. Le pasó lo mejor que le puede ocurrir a un ser humano ¡y encima dicen que era triste y pesimista! Ya comprendo que no vivía en un mundo perfecto, que había muchas cosas que le desagradaban en su entorno y en su sociedad -que sigue siendo la nuestra, que no ha cambiado tanto, que continúa habiendo egoístas, cotillas, lujuriosos, vagos, crueles incontrolados como los que describe en sus novelas; pero, junto a ellos y a pesar de ellos, encontramos buena gente, honrados, trabajadores, curiosos, inocentes, que también aparecen en sus novelas-. Pues eso, que nos contó cómo era su mundo, nuestro mundo, el mundo, y que se ha ido. Y que, como pasa con los grandes, no se ha ido del todo porque nos queda su obra, ese regalo que hizo a Castilla, a España, al castellano, a todos sus lectores.
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