jueves, 7 de junio de 2007

AYER ME COMUNICARON QUE ME HAN CONCEDIDO UN PREMIO LITERARIO, el XVIII de Relato del IES Ategua de Castro del Río (Córdoba). Estuve allí no hace mucho en recorrido de promoción lectora con mi buena amiga Mª A. de Edelvives. Castro del Río es el pueblo donde nació mi abuelo materno, Federico, el juez. Yo no lo conocía, así que aproveché para recorrerlo. Llovía a cántaros, pero gracias a M., una simpática profesora del lugar, recorrimos las calles y las plazas y hasta nos metimos en alguna casa de esas construidas con la argamasa del tiempo y el buen gusto, que tenía una vista espectacular sobre el valle. La bibliotecaria del lugar tuvo la amabilidad de enviarme, pocos días después, un email con reproducción del folio donde constaban los nombres de mis bisabuelos y sus hijos, dando fe de que efectivamente allí vivieron.
Mientras visitaba el pueblo en el que Cervantes estuvo preso en una de sus andanzas (él es mi santo patrón en eso de convertir en materia literaria lo malo y lo bueno que nos pasa) vi las bases de un concurso literario local. Estaba a punto de acabar el plazo para la admisión de trabajos y yo prometí, muy espontáneamente, que participaría. Era bajo seudónimo, con lo cual se garantizaba la limpieza, pero además M. (que ha formado parte del jurado) me ha dicho que no reconoció mi estilo en ningún momento, porque ella solo me había leído en mis novelas infantiles-juveniles. Este premio me permite volver al pueblo de mi abuelo, donde no tengo parientes, pues la familia era trashumante en razón de su oficio (funcionarios en permanente situación de traslado); me alegra ir con mi hijo mayor, que prometió acudir a acompañarme si me daban premio. Parece que ciertos círculos se cierran...
La obra premiada se titula "Aprendiendo a ser mayor". Curiosamente se la debo a la peor persona que se ha cruzado conmigo por la vida, mi hermano menor F. Es una coincidencia que en mi última entrada hablara de temas familiares. Una de las virtudes de la literatura consiste en que, mediante la magia de la ficción, se puede transmutar y conjurar el mal, convirtiéndolo en materia literaria. Una carta moralmente repugnante que recibí de F. inspiró la escritura de este relato. La carta la he trascrito tal cual, añadiendo solamente una frase imprescindible para el hilo argumental de mi relato. Quede claro que la acción es ficticia, pero los sentimientos y emociones (y ciertas descripciones y diálogos) son absolutamente autobiográficos.
Ayer tarde tuve la satisfacción de reencontrarme con una antigua compañera de colegio que sé que me lee en este blog y que me comentó que, por razones distintas a las mías, ella comprendía perfectamente lo que yo escribía acerca de la familia. Me alegra encontrar complicidad en mis lectores.
Os contaré la fiesta en Castro del Río en una próxima entrada. Entretanto, que el mal pase sin veros ni tocaros, que el bien se detenga y os acompañe.

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