ASCO DE VÍSCERAS
Antaño había mendigos (aún queda alguno) que obtenían un dinero mostrando sus lacras y deformidades físicas, reales o falsas, daba igual con tal que impresionaran: cuanto más repulsivas, mejor. Hoy son muchos los personajes que se ganan la vida exhibiendo impúdicamente lacras morales: presuntos maltratadores, presuntos compañeros/as de cama o de farra, presuntos y confesos delincuentes. A mí ésa -como cualquier otra forma de supervivencia-, aunque me desagrada, no me parece tan perversa como otros procederes. En relación con dicha actividad, hay otra que me repugna mucho más, que creo que debería prohibirse por decreto, borrarse por amor al buen gusto, porque aturde y ofende la sensibilidad estética y moral de cualquier ser humano normalmente constituido (hay mucho anormal, pero no se trata de dar pasto a los anormales para que sigan cultivando su deformidad). Me refiero a los programas de tertulias de "vísceras" (es pecado emplear aquí la palabra "corazón") donde unos cuantos seres monstruosos, algunos con título de periodista para vergüenza de la profesión, otros con título de "populares" ("graduados en Osuna", que diría Cervantes), se refocilan como buitres sobre vivos y muertos (mejor sobre muertos, porque esos no les demandarán).
"Odia el delito y compadece al delincuente", escribió una piadosa jurista decimonónica (para los jóvenes que me lean: Concepción Arenal). Aquí es al revés: odian al delincuente, al que ridiculizan, insultan, humillan, gritan... y aman el delito, que disfrutan describiendo con delectación y morosidad digna de más alta causa.
Todo este largo exordio viene a cuento de un retazo de programa que vi el sábado pasado por casualidad en casa de mi suegra, el cual programa tiene un título dulce y un contenido a ratos bien amargo. Yo no soy tan hipócrita como para estar en contra por sistema de programas banales y de entretenimiento. Al contrario, los aplaudo si son honestos (en el buen sentido de este adjetivo, uno de los más devaluados y manipulados de nuestro idioma). Entiendo que haya programas de crónica social más o menos rosa, negra o amarilla. En algunos, la vida de los otros se cuenta con serenidad y buen gusto ("Corazón", "Gente") o con ironía y humor (el "tomate"). Pero los que me producen náuseas son aquellos a los que "periodistas" e "invitados" acuden a contar verdades y mentiras cobrando por ello, o a no contar nada e insinuarlo todo (modo nuevo de estafa y maledicencia), o a especular sin pruebas, o a dar vueltas como burros a la misma piedra sin sacar agua (sin aportar nada nuevo ni relevante), o a manifestar "ex cátedra" opiniones no cualificadas. Todo ello a menudo con unas formas (una falta de formas), un léxico (una pobreza y vulgaridad léxica), una gramática peculiar, que piden a gritos unos cursos acelerados de castellano correcto y de cortesía elemental.
Y los peores no son los "invitados", a los que podemos excusar por su falta de formación y otros bienes, sino los "periodistas" que los jalean y jadean.
El caso que provoca estas ya largas líneas fue el careo entre un presunto bailarín maltratador y una presunta periodista regocijada. Me horrorizó comprobar que me producía más rechazo la ¿periodista? que el ¿maltratador?. Si de veras la ¿periodista? asistió hace ¡ocho años! a una escena como la que describió, es una presunta delincuente por encubridora, por no haber denunciado a la policía y a la justicia, ella y toda la pandilla que, según ella, sabían y veían, lo que estaba ocurriendo. Tuvieron la "suerte" (todos, imagino) de que la víctima murió. Pero su cadáver sigue alimentando, no lluvias como decía el poeta (Miguel Hernández, otro guiño a los jóvenes): sino gentuza como la que se careaba en aquel plató y en otros muchos. Los dos (¿periodista? y "presunto") cobrando a costa de la muerta.
Había que ver la alegría con que la ¿periodista?, que destrozaba a la vez la gramática con leísmos, la pronunciación con participios en "ao" y la elegancia con un escote inapropiado y ni siquiera lúbrico, se cebaba en el "maltratador" hasta hacérnoslo casi simpático, lo contrario de lo que supongo pretendía. El regodeo que mostraba narrando lo escabroso me producía la misma malsana fascinación que cuando, de niña, me quedaba mirando la mierda en el interior de un wáter o una cucaracha destripada por la escoba de mi madre. Al fin encuentro el nombre exacto de mi sentimiento: ASCO.
martes, 8 de mayo de 2007
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
2 comentarios:
Uffff, para que no digas que no escribo. Pues si, la verdad es que la telebasura "mala" está a la orden del día, y luego critican actividades sanas como los juegos de rol...
Pero ten cuidado, porque los juegos de rol pueden ser inofensivos o peligrosos, según se utilicen (como casi todo). Besos.
Publicar un comentario